No hay otra manera

Víctor Hugo, en su novela Los miserables escribió que la realidad es insoportable y, para salir adelante, el ser humano piensa, ama, crea y lucha…

Quisiera, en esta intervención, partir de dos ideas fundamentales para proponer una perspectiva sobre la trayectoria del obispo emérito Raúl Vera.

La primera se orienta a destacar el concepto de ser humano, tomando en cuenta las observaciones llevadas a cabo por el antropólogo y sociólogo Philippe Breton.

La segunda tiene que ver con la decisión que asume cada quien para orientar su vida hacia el pensamiento, la acción o la pasión, de acuerdo con una tipología propuesta por Salvador de Madariaga.

Primera idea. Entonces, Philippe Breton, en su obra La utopía de la comunicación, explica que en distintos momentos de la historia han existido dos posturas contradictorias. La primera concepción que algunos defienden afirma que todos los seres humanos son eso «seres humanos». En contraposición a ella, una segunda postura presente en distintos momentos históricos se orienta a considerar que no todos los seres humanos son tal. Esta última ha justificado las acciones de dirigentes de imperios y naciones a lo largo del tiempo, a lo largo del planeta. La negación de la categoría de humano a ciertas personas y grupos de personas estuvo presente durante la conquista, colonización y exterminio de la que fueron objeto, por ejemplo, durante el virreinato. Los españoles llamaban piezas a los aborígenes del norte de México capturados como esclavos, como si se tratara de animales de caza. Durante la Segunda Guerra Mundial, en Europa, los nazis llamaban también piezas a los judíos hechos prisioneros en las razzias para enviarlos a ghettos y campos de concentración y exterminio. Es decir, eran considerados objetos.

La postura contraria a ésta es considerar que, efectivamente, todos los seres humanos son seres humanos. A partir de esta convicción, ha habido importantes movimientos en distintos puntos dirigidos por líderes como Gandhi en la India, o Martin Luther King en los Estados Unidos.

La segunda idea que quiero expresarles, parte de una reflexión de Salvador de Madariaga, bastante general pero útil en la reflexión que propongo. Madariaga señala que existen tres tipos de personas, ya sea de acción, de pensamiento o de pasión. Las personas de acción viven su vida en el eje de las decisiones, de la gestión y ejecución. Las personas de pensamiento, en cambio, orientan su vida hacia la contemplación, la reflexión, la búsqueda quizá incluso de lo abstracto, alejándose en ocasiones del mundo real. Finalmente, a las personas de pasión les corresponde una personalidad arrojada, ardorosa, impetuosa. Esto no quiere decir que una actitud ante la vida excluya radicalmente las otras dos. Estar orientado a pensar no elimina totalmente la acción, ni tampoco al revés. Y una persona puede ser apasionada incluso en el pensamiento. Pero en esencia predomina un rasgo sobre los otros dos.

La vida, a fin de cuentas, es bastante corta, de manera que en ocasiones es preciso escoger fundamentalmente una sobre las otras, encaminar la vida hacia alguna alternativa: acción, pensamiento o pasión. Un político o un empresario eligen dedicarse a la acción, y un profesor o un escritor deciden, sobre todo, dedicarse al pensamiento.

En el caso de una persona dedicada a la vida religiosa, se enfrenta en algún momento a seguir una ruta por alguna de estas alternativas: el pensamiento o la acción. En este sentido, en la vida del obispo emérito Fray Raúl Vera seguramente se presentó la alternativa de orientar su vida apostólica a las ideas o las acciones. En el documental titulado No hay otra manera, elaborado por la agrupación TRIBU2020, el propio Raúl Vera señala haber aprendido de Samuel Ruiz el equilibrio sano en la Iglesia, de no quedarse encerrado en el templo, por lo cual decidió comprometerse con la realidad, fiel a su vocación de dominico, aunado a su rol como obispo.

«Don Raúl hace de su discurso, acción», señala José Morales de la NCCP de Chiapas, uno de los entrevistados en el documental.

Fray Gonzalo Ituarte OP, presidente de Ser Paz, da su testimonio en el mismo documental y señala: «El luchar contra las injusticias es algo que a algunos sectores no les gusta. Si el pueblo está siendo victimizado, explotado, las mujeres maltratadas, las personas discriminadas, hay que estar ahí, es la misión de la Iglesia, que es asumida por Raúl Vera.

El mismo obispo emérito señala haberse tenido que despojar de su condición de teólogo de los dominicos, de su condición de egresado de la Universidad, cambiar su lenguaje con el pueblo para conocer cuáles eran sus condiciones y problemas. Era importante actuar; es decir, orientarse a colaborar en la solución de problemas sociales de manera práctica.

Ese trabajo del obispo Vera, en el campo de la acción, tuvo sus consecuencias, fue «atacado, perseguido e incluso demandado, porque hay personas para los que existe un supuesto mundo feliz, que está bien con que las cosas no cambien, donde los de abajo deben seguir abajo y no hay pecado social si los de arriba no se preocupan por ellos», como explica en el documental el padre Pedro Pantoja.

En las tres grandes etapas en la vida del obispo Raúl Vera, en el trato con campesinos, con obreros, con gente desposeída, con personas víctimas de abusos y de discriminación, destaca entonces su trabajo en el mundo real que parte de profundas convicciones, de ideas claras del rol de la iglesia en el mundo. Sensible a la injusticia y la pobreza, Vera ha puesto en cada sitio en el que ha estado manos a la obra. Pues para él, efectivamente «todos los seres humanos son seres humanos».

En Altamirano, en la parte norte de Guerrero, tierra de mosquitos, donde se enfrentaban problemas de pobreza, cacicazgo, falta de servicios médicos, narcotráfico, arbitrariedad del ejército, el obispo emérito recorrió los lugares más apartados, teniendo «una gran cercanía con las gentes» con un gran sentido humanitario, logrando la creación de servicios médicos y mejorando en todo lo posible, la vida de los habitantes.

En San Cristóbal, si bien, al principio su presencia en tiempos de la insurrección zapatista fue vista con desconfianza, pues se consideraba que era «lo contrario a Samuel Ruiz». En poco tiempo se convirtió en un gran aliado. El mismo obispo Ruiz diría que el señor Vera era «el báculo de su vejez».

En Chiapas, en ese tiempo tuvo lugar la matanza en Acteal, con 45 indígenas muertos en el interior de un templo. Raúl Vera afirmó en la prensa española que los paramilitares estaban asociados con el gobierno. El obispo emérito, echó raíces en Chiapas; tener que dejar esa diócesis fue un episodio duro, pues «le dolía que le hubieran roto un proyecto». También había sido duro dejar antes Altamirano.

Saltillo no era un premio para don Raúl. En esta parte del norte de México supo continuar «el modo profético» que había percibido de Samuel Ruiz en su trabajo de la diócesis, y en poco tiempo logró «imponer su carácter».

Como señaló el padre Pedro Pantoja: la labor del obispo Vera ha sido comparable a la parábola de la Misericordia. En efecto, el trabajo del obispo fue equivalente a ir en busca de la oveja perdida. «Y su grandeza y carácter le hicieron enfrentarse simbólicamente al lobo» de las injusticias, de los abusos e irregularidades. De esta manera su trabajo por las víctimas en Pasta de Conchos, su labor en contra de los abusos de los militares a mujeres en Castaños, su lucha por las familias de los desaparecidos y los derechos de la comunidad LGBT son muestra de esa orientación de ejecución de acciones, una lucha por los desprotegidos, por quienes son estigmatizados, y por los que sufren violaciones en sus derechos. Porque para él, todos somos efectivamente, en esencia, «seres humanos».

La defensora de los Derechos Humanos, Cristina Auerbach, dice: «Cuando un obrero llega a la Iglesia, es porque no tiene a dónde más ir. La Iglesia es su último recurso. Si le decimos que no, no queda nada». Y la respuesta de la Iglesia en la diócesis de Saltillo fue acompañarlos y luchar junto con ellos.

En el pueblo, la voz de Dios

Entre las características que son resaltadas en los testimonios sobre el obispo Vera están su sencillez, sus convicciones por mejorar la realidad. Se ha convertido en alguien que, para muchos, resulta incómodo porque dice la verdad, «porque cree en Dios, reconoce que Dios está hablando a través del pueblo y eso incomoda al poder. Es una persona libre, que no acepta condicionamientos inadecuados o injustos. Y es precisamente el sentido de la justicia, un elemento que le mueve».

Raúl Vera «ha probado una nueva manera de ser Iglesia, de ser obispo». Está convencido de que el compromiso con la justicia y los derechos humanos es irremplazable. Está convencido, como señala otro de los testimonios en el documental, de que «ver la realidad es un asunto del Evangelio. Es mejor morir a ser lo que no somos, de manera evangélica y honesta».

Raúl Vera es un hombre de acción. Es una persona que valora en cada hombre y mujer la categoría de ser humano, no de objeto. Con él «la historia se está escribiendo», porque a lo largo de su vida ha llevado a cabo todo lo que está en sus manos por hacer de este mundo algo mejor, luchando contra quienes intentan impedirlo y contra todas las adversidades. Y ha sido así su vida y su trabajo como obispo porque, como indica el título del documental No hay de otra manera. E4