La casa de los libros

Cuando se dice que todo tiempo pasado fue mejor, la petición de su retorno suele hacerse desde la añoranza, esa desazón de pensar que pudimos haber aprovechado un poco más la compañía de aquellos a quienes consideramos entrañables, útiles y necesarios pero que, como Enrique Fuentes, ya partieron

Conocí a Enrique Fuentes Castilla en el espacio que fue para él —y para muchos— templo, santuario, museo, foro y biblioteca. La Antigua Madero Librería. Saltillense y cosmopolita, chilango y de pueblo. Era un apasionado de los libros que, durante poco más de treinta años, dio brillo a su pasión bibliófila con generosidad patricia. En 1989 trabajaba yo como vendedor de libros de literatura para niños en la Ciudad de México. Esta labor me permitió conocer una gran cantidad de librerías. La Antigua Madero Librería se ubicaba en la Avenida Madero, casi enfrente del Templo de San Francisco, a unos cuantos pasos de la Torre Latinoamericana y de la Casa de los Azulejos. Dos vidrieras altas y delgadas flanqueaban la entrada con sus puertas de cristal, un amplio espacio central de unos dos y medio metros de ancho por siete u ocho de profundidad y al centro una vitrina que exhibía libros de arte, historia, filosofía, mientras a los lados la estantería cubierta también de volúmenes en impecable orden. Al fondo se encontraba una amplia vitrina-escritorio tras de la cual otras hileras de libros, un teléfono, una caja registradora, un cuaderno de notas y ante ese mostrador Enrique Fuentes, con su enorme sonrisa pícara y lúcida como siempre lo fue.

Me aficioné a frecuentar su librería y a la fascinante conversación que se abría al traspasar la puerta más allá de la compra-venta de los libros que le llevaba. La plática con Enrique era retadora y generosa, podía ser casi de cualquier tema: toros, Borges, Antonieta Rivas Mercado, Mariano Azuela, música, Octavio Paz, Antonio Machado, el ’68, los presidentes de México, la guerra civil española, Picasso, las eternas reformas políticas del país. Eso sí, en todo momento se hablaba con conocimiento de causa, hablaba de lo que conocía y pedía lo mismo de su interlocutor. Era un hombre más bien abocado a la izquierda aunque sin radicalismo, ni tampoco influido por los vientos que provenían de la hoy extinta Unión Soviética, en ese tiempo a punto de la desaparición merced a las transformaciones que impulsaba Mijaíl Gorbachov, la perestroika —reforma económica— y la glasnost —reforma política—. Sus simpatías estaban más bien matizadas por un sentido de humanismo y por una asombrosa cultura.

Conocía bien la obra de Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, José Gaos, Ramón Xirau, y una buena parte de los filósofos del exilio español en México. Tal vez por ello es significativo que la librería se trasladara a las calles de Isabel La Católica esquina con San Jerónimo un lugar adyacente a la casona que albergara al famoso Ateneo Español, donde recuerdo una espléndida recepción para la editorial Era, con la asistencia de uno de sus baluartes fallecido también hace recientes fechas, Vicente Rojo.

Gran anfitrión, Fuentes Castilla recibía a todo mundo sin distinción de ideología o partido político, en momentos en los que tener una filiación política era sinónimo de exclusión de todos los demás, hoy se considera lo contrario, se han borrado las diferencias con tal de alcanzar el poder, entonces los partidos competían de a deveras, y en la casa de los libros de Enrique podía uno encontrarse lo mismo a Carlos Castillo Peraza, que a Heberto Castillo, a Jorge F. Hernández, a Eduardo Langagne y también a Gustavo Hirales o Andrés Henestrosa, por citar —desde luego insuficientemente— algunos de sus parroquianos. En su juventud fue militante de izquierda, conocedor de la inmensa odisea del creador del Ejército Rojo, León Trotsky, recordaba anécdotas de Evodio Escalante padre, de José Revueltas y de Pita Amor, igualmente su espacio fue escenario de ponencias, mesas redondas, paneles, lecturas literarias, así como despacho de la editorial que fundó su hija Andrea, La Caja de Cerillos La Central; llevó su oficio de librero con sencillez, aunque también a cumbres ignotas. Es difícil que algún cliente, por exigente que fuera su demanda, saliera con las manos vacías al solicitar un ejemplar curioso o extraño.

En el año de 1990 dejé la venta de libros y me adherí al trabajo editorial del periódico El Nacional, donde laboré algunos años. Luego, cuando este diario desapareció, en la entonces moda política de desincorporación de las empresas del Estado bajo la mirada del personero del gobierno salinista de entonces, Jacques Rogosinzki, me incorporé como colaborador a la agencia Notimex, y durante esos años seguí visitando la librería de Enrique Fuentes. Siempre que tenía oportunidad, cuando alguien de Saltillo llegaba a la ciudad de México lo presentaba con él. Alguna vez le di el tratamiento de «don Enrique», pero inmediatamente me dijo que no lo llamara así: «Si somos del mismo pueblo del pan de pulque». También, en su juventud trabajó algún tiempo para la aerolínea Iberia y siempre que pudo ayudó al paisanaje con boletos o facilidades para viajar. Antes de concluir este comentario en que lo recuerdo, como breve homenaje al amigo, relato un momento que lo retrata fugazmente: Había una manifestación enorme sobre la avenida Madero, que ahora es un amplio pasaje peatonal. Era media mañana y el colectivo que protestaba era gigante. Pasaba por el frente de la Antigua Madero Librería. Yo llegué al punto más álgido de la protesta, un tanto fastidiado por la multitud, las consignas, el iracundo sol del momento. Enrique Fuentes se encontraba afuera observando atento y seriamente. Me quejé del inconveniente y me replicó sonriente: «Sí puede ser molesto, pero siente la energía, es estimulante. Puedo no estar de acuerdo, pero es una fuerza viva. ¿No te parece así?» Fue más o menos como se quedaron sus palabras en mi memoria. E4