La gran fecha

Cada día que pasa nos acercamos a lo que en años anteriores llamábamos la fiesta de la democracia. No sé si esta vez será celebración o desgracia: dependerá de los resultados cuál de las dos tendrá lugar. Los partidos festejarán o se lamentarán. Lo digo en plural porque hay demasiadas oportunidades si tomamos en cuenta que se escogerá a más de 20 mil personas para un cargo público, desde pequeñas comunidades de Chiapas y Oaxaca hasta diputados y gobernadores de estados poderosos, como Nuevo León. Por el ambiente que hemos estado viviendo durante meses de agresiones, de propaganda estéril, de agresividad, de mentiras evidentes, de ataques violentos y de gastos billonarios, estamos preocupados.

No dudamos que habrá reparto de poderes y que muchos lo disfrutarán mientras otros se lamenten y, los más, inicien impugnaciones contra el proceso o contra el Instituto Nacional Electoral. Difícil o quizás imposible que vaya a ser una elección tersa. Los políticos, todos o casi todos, están detrás del dinero, del prestigio individual, de la construcción de plataformas que les den vida.

Hace muchísimos años mi padre fue escrutador varias veces en un módulo de votación en la calle Morelos, cerca de la Sociedad Manuel Acuña. Recuerdo que a su regreso a casa platicó que había votado muy poca gente y que en el recuento de votos la mayoría se le había dado al PRI, pero algo sorprendente fue que en no pocas boletas en vez de tachar el logo de un partido se escribieron nombres: Pedro Infante recibió sufragios, seguido de cerca por Cantinflas. Ahora, tantos años después, aquello parece una travesura; lo era.

Me viene a la mente un manuscrito de los tlaxcaltecas de San Esteban, creo recordar que del año 1607, en el que se anotaron los votos para decidir quién sería el gobernador del pueblo. El documento está en lengua nahua —lo tradujo Carvallo, nahuatlato de origen que realizó su servicio social en el Archivo Municipal— y fue llevado por los regidores y el gobernador saliente a la hacienda de San Francisco de los Patos para que el capitán Francisco de Urdiñola ratificara el resultado. Así que se votaba. Aquello era una democracia primitiva, pero existía.

Estamos ya en otro mundo. En estas elecciones se juega todo o casi. Dependerá de los resultados el que nos enteremos de forma inmediata (a pesar de los conflictos) en manos de quiénes quedará México. Democracia necesaria, pero en la que no todo es democrático, sino que en no pocos aspectos el voto es manipulado. Y sin embargo no parece haber otro camino (por lo pronto).

Tanto los mayas como los mexicas tenían entre sus creencias la existencia de algunos días fatídicos en los que era necesario descansar y encerrarse. Creo que en algunas páginas de la Escritura asoma algo parecido: que había días aciagos. Los profetas los anunciaban. Es indudable que lo que viene en esta jornada electoral no puede nombrarse fatídico, aunque en cierta manera lo será. Veremos. Pero hay que salir a votar y pensar en la patria antes que en intereses personales o en el miedo o en la dialéctica de los partidos. Creo que ningún partido ha escapado a los ataques, las ofensas, las mentiras, las promesas que bien saben que jamás cumplirán. Ni modo, ese es el país en que vivimos.

¿Quién saldrá triunfador? Si leemos periódicos o escuchamos televisión y radio ya tendremos ideas, aunque las contradicciones entre los que las expresan sean tan evidentes. Las palabras significan lo que significan, aunque también pueden significar algo distinto, según quien las exprese.

Regreso a los días fatídicos, aunque sin aceptar lo que significa ese término. Fatídico, en su origen latino se relaciona con fatal y, evidentemente, con fatum, que significa destino. Eso se relaciona con Fata, diosa del destino, y de ahí viene la idea de que nuestra vida ya está definida. Espero que esto no vaya a suceder y que los mexicanos no estemos predestinados a vivir siempre en la incertidumbre. En vez de preguntar qué nos depara el destino, será mejor salir a votar y decidir qué país queremos.

Investigador, académico e historiador