La pandemia pone a la humanidad en la frontera de un mundo nuevo

Las fortunas de los milmillonarios volvieron a  sus niveles previos a la plaga  en apenas nueve meses, pero las personas en condiciones  de pobreza extrema tardarán hasta 10 años en recuperarse, advierte Oxfam

Desbalance extremo

La pandemia por coronavirus no solo ha segado la vida de más de 2.4 millones de personas, también ha puesto de relieve las profundas desigualdades sociales que minan a la población mundial. La inequidad del sistema económico permite que, en medio de la emergencia por la crisis sanitaria, los más poderosos cuenten con mejores opciones de sobrevivencia y recuperación. En tanto, los sectores históricamente vulnerables son víctimas del virus y de la falta de oportunidades para acceder a un empleo o a una adecuada atención médica. Esta circunstancia resulta más letal que la COVID-19.

El informe The Inequality Virus, publicado por Oxfam Internacional en enero pasado, apunta al respecto: «El hecho de que grupos de identidades concretas se enfrenten a una mayor vulnerabilidad se debe a la injusta estratificación histórica que continúa presente en la actualidad. El racismo, el sexismo y otras formas de discriminación no se basan simplemente en prejuicios irracionales, sino en mecanismos estratégicos con fines de explotación y expolio que han perdurado en el tiempo y que han beneficiado a ciertas personas a expensas de otras».

El coronavirus dejó al descubierto las terribles consecuencias del mal manejo de los recursos en el sistema de salud público, rebasado de la noche a la mañana por el elevado número de pacientes junto con el desabasto de medicinas. Su contraparte privada tampoco ha sido capaz de cubrir el vacío, pues el acceso a sus servicios se mantiene inaccesible para la mayor parte de la población.

«(La pandemia) tendrá un impacto profundo (…) el incremento de la desigualdad generará agitación social y económica, dando lugar a una generación perdida en la década de 2020; las consecuencias de todo ello perdurarán en las décadas siguientes».

Kristalina Gueorgieva, directora general del FMI

Es entonces que la mercantilización de los sistemas de salud, de la mano con la falta de acceso a agua potable y saneamiento, la precariedad del empleo, la ineficacia de los programas de protección social y la imposibilidad de acceder en tiempo y forma a los medios de comunicación, crean una barrera infranqueable para las comunidades pobres que permanecen en constante estado de indefensión, tanto por su dificultad para alcanzar los insumos mínimos indispensables como para estar correctamente informados sobre lo que sucede y las maneras de afrontarlo.

El fenómeno no es nuevo. Ha permanecido, por siglos, subyacente en el acontecer diario de cualquier nación. El problema es que el impacto de la pandemia potenció la brecha que separa a ricos de pobres. Al tratarse de un acontecimiento simultáneo y global, todos pudieron voltear a un lado y descubrir que su vecino enfrentaba dificultades idénticas; que viven bajo las mismas falsedades promovidas por políticos y dueños de emporios; que no han escapado del estigma del racismo y la xenofobia, que el llamado libre mercado no es capaz de proporcionar asistencia sanitaria a todos por igual y que si bien la COVID-19 no distingue géneros, etnia, razas ni clases sociales, suelen ser las mujeres, los indígenas, las personas de raza negra y quienes viven en la miseria los más expuestos a sus consecuencias nefastas.

Las estadísticas se globalizaron y, con ellas, el número de pobres, de desempleados, de enfermos y fallecidos. Pero, también, se evidenció que existe una minoría capaz de acaparar no solo las riquezas de una nación, sino del mundo entero, y que las desigualdades generadas por las políticas neoliberales solo han servido como instrumento para mantener inamovible esta jerarquía económica y social. Apunta Oxfam que «las fortunas de los milmillonarios han recuperado el nivel previo a la pandemia en tan solo nueve meses, mientras que para las personas en mayor situación de pobreza del mundo esta recuperación podría tardar más de una década en llegar».

Irónicamente, si tan solo el incremento de la fortuna de los primeros diez milmillonarios se destinara a enfrentar la pandemia, bastaría para financiar una vacuna universal contra la COVID-19 y aún quedarían recursos para evitar que alguien más cayera en la pobreza a causa de la pandemia.

Diferencia letal

El reporte de desigualdad publicado en 2018 por el centro de investigación World Inequality Lab advierte que en los últimos 40 años «el 1% de la población con mayores ingresos a escala global, recibió el doble de ingresos que el 50% más pobre». En cambio, tan solo durante 2020, con el impacto del coronavirus, se estima que el número de personas en situación de pobreza podría haberse incrementado entre 200 y 500 millones de personas.

En el compuesto de pobreza extrema —quienes sobreviven con menos de 1.90 dólares diarios— las cifras tampoco son alentadoras. En el lapso del mismo año, el Banco Mundial calcula un aumento de entre 88 millones y 115 millones de personas en estado de indigencia grave, y para finales de 2021 espera que el número escale a 150 millones. Un grave retroceso si se considera que en 2017 la población mundial en pobreza extrema era 689 millones y ahora ronda los 729 millones. Este pico estadístico rompe una curva descendente que se había extendido sin interrupción por más de dos décadas.

El desbalance cobró factura inmediata con la aparición de la COVID-19. La mayoría de quienes contaban con un empleo ni siquiera estaba lista para afrontar una situación tan extrema. A inicios de 2020 «más de 3 mil millones de personas carecían de acceso a atención médica, tres cuartas partes de los trabajadores y trabajadoras no contaban con mecanismos de protección social como la prestación por desempleo o la licencia por enfermedad, y más de la mitad se encontraban en situación de “pobreza laboral” en los países de renta baja y renta media-baja», señala el reporte de Oxfam.

Esta situación no es privativa de los países en vías de desarrollo. En Estados Unidos, por ejemplo, el 90% de la plantilla laboral que se encuentra en el cuartil con más ingresos tiene derecho a licencia remunerada por enfermedad, mientras que apenas el 47% de quienes ocupan el cuartil con menores ingresos puede hacer uso de ese derecho.

No significa tampoco que la élite compuesta por los más acaudalados haya permanecido ilesa. El hundimiento de los mercados bursátiles, en los primeros meses de la pandemia, provocó pérdidas importantes entre accionistas y grandes empresarios. Pero a la postre no pasó de ser un susto, pues paulatinamente se han recuperado.

El escenario es muy diferente para las clases baja y media que han visto desaparecer 895 millones de plazas laborales (Observatorio de la OIT: Covid-19, 5ta. edición) junto con el cierre de pequeños y medianos negocios. Sin contar que servicios asociados a la construcción y la manufactura —donde ambas clases están muy presentes— son sectores en los que la actividad económica se ve más afectada por los confinamientos, las restricciones a la movilidad y la imposición del distanciamiento social.

Con el objetivo de proyectar el comportamiento de la distribución de recursos mientras dure la crisis sanitaria, Oxfam realizó una encuesta a 295 economistas de 79 países. El 87% prevé que la desigualdad de ingresos aumente en sus respectivas naciones y el 78% opina lo mismo sobre la disparidad en la repartición de la riqueza. El dato no es inocuo porque implica un aumento en el número de quienes menos tienen, y la probabilidad de fallecer por COVID-19 es considerablemente mayor para las personas que viven en situación de pobreza. Según estimaciones iniciales, al menos 6 mil personas, como promedio diario, podrían haber muerto de hambre a finales de 2020 a causa de los estragos de la pandemia.

Sectores vulnerables

No se trata únicamente de pobreza. La pandemia ha resultado especialmente dañina entre mujeres, personas negras y afrodescendientes, pueblos indígenas y otras comunidades que sufren discriminación.

Las féminas, y más las de piel oscura, tienen más probabilidades de perder su empleo mientras persista el azote del coronavirus. Así le sucedió al 19% de las mujeres negras de Estados Unidos, entre febrero y abril de 2020. México no escapa al estigma: El 21% de las mujeres que trabajaban en la informalidad dejaron de hacerlo para mayo de 2020, frente al 15% de los hombres en el mismo sector.

Esta tendencia echa por tierra años de avances en términos de igualdad de género y obliga a establecer una política antisexista que reduzca la brecha entre los ingresos de hombres y mujeres, e impulse las opciones laborales donde ellas han sido históricamente desplazadas.

Igual rechazo persigue a todo aquel que represente una minoría étnica, racial, religiosa e incluso estigmatizada por sus preferencias sexuales. «En América Latina, la población afrodescendiente y los pueblos indígenas, que ya experimentaban una situación de exclusión, se han visto más afectados que el resto de la sociedad: tienen más probabilidades de morir a causa del virus, y también de verse carentes de todo recurso para salir adelante», indica Oxfam.

Tan solo en México se estima que, a causa de la COVID-19, el porcentaje de personas indígenas que viven con menos de 5.50 dólares al día podría incrementarse en entre 5.4 y 5.7 puntos porcentuales, hasta llegar al 71%.

Aún hay esperanza

«A lo largo de la historia, las pandemias han obligado a los seres humanos a romper con el pasado. Esta no es diferente. Es un portal, una puerta entre el mundo de hoy y el siguiente», asegura la periodista y activista india, Arundhati Roy. Depende del trabajo conjunto entre sociedad y gobierno establecer y seguir un camino que nos prepare para las futuras contingencias.

La crisis sanitaria provocada por el virus SARS-CoV-2 nos demostró que el actual modelo económico resulta ineficiente para afrontarla porque antepone los beneficios empresariales en detrimento de las personas. Fortalece los principios del neoliberalismo y a la élite representante del patriarcado y el supremacismo blanco, obligando al resto a subsistir en desventaja.

En muchos países este desequilibrio ha llegado al límite y provoca frecuentes enfrentamientos entre las fuerzas del orden y grupos civiles que abogan por la igualdad. El movimiento Blacks Lives Matter es un ejemplo representativo, pero dista mucho de ser el único. Las calles también han sido tomadas por mujeres que exigen el respeto a sus derechos o indígenas en busca de mejores oportunidades de desarrollo.

Urge un cambio de fórmula por parte de los líderes de las naciones. En lugar de hacer llamados a una austeridad insostenible que solo afecta a los más pobres, se deben preparar las bases para construir un sistema económico que promueva la igualdad, proteja el planeta y acabe con la miseria.

El estudio COVID-19 and Public Support for Radical Policies, publicado por el Centro de Cooperación Internacional de la Universidad de Nueva York, pone de manifiesto la inconformidad social con el actual sistema económico. Asimismo, su interés por establecer un cambio en las estrategias de gobierno al término de la pandemia, impulsando políticas radicales cuyo principal objetivo sea transformar la sociedad. Entre sus conclusiones más notables destacan:

El 86% de la población de 27 países de renta media y alta preferiría que el mundo evolucionara hacia un modelo más justo y sostenible, en lugar de volver a la situación anterior a la pandemia.

El 71% de la población europea adoptaría la renta básica universal como forma de sistema de seguridad social.

El 70% de la población del Reino Unido apoya establecer un límite a los salarios.

En Argentina, ocho de cada diez Pymes optan por establecer un impuesto a la riqueza.

En países como la India, México, China, Brasil y Sudáfrica, al menos el 80% de la población está de acuerdo con una recuperación económica «verde».

Todavía hay tiempo. El Banco Mundial considera que si los países toman medidas inmediatas para reducir la desigualdad, la pobreza volvería a los niveles previos a la crisis en tan solo tres años, en lugar de tardar más de una década, como hoy se tiene estimado. La solución está en nuestras manos. E4


Desbalance extremo

  • Las mil fortunas más grandes del mundo solo tardaron nueve meses en recuperar su nivel de riqueza previo a la pandemia. Para las personas en situación de mayor pobreza, la recuperación podría prolongarse más de una década.
  • La fortuna acumulada por los 10 mil millonarios más ricos del mundo, desde el inicio de la crisis, es suficiente para evitar que ninguna persona se vea sumida en la pobreza a causa del virus, así como para financiar la vacunación contra la COVID-19.
  • A escala mundial, las mujeres están sobrerrepresentadas en los sectores económicos más afectados por la pandemia. Si la presencia de hombres y mujeres en tales sectores fuese totalmente equitativa, 112 millones de mujeres dejarían de tener un riesgo elevado de perder sus ingresos o empleos.
  • El Banco Mundial calcula que, si los países empiezan a adoptar ya medidas para reducir la desigualdad, la pobreza volvería a los niveles previos a la crisis en tan solo tres años, en lugar de tardar más de diez.

Fuente: The Inequality Virus. Oxfam International

La Habana, 1975. Escritor, editor y periodista. Es autor de los libros El nieto del lobo, (Pen)últimas palabras, A escondidas de la memoria e Historias de la corte sana. Textos suyos han aparecido en diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales. Actualmente es columnista de Espacio 4 y de la revista hispanoamericana de cultura Otrolunes.