La realidad: esa presencia incómoda

Cuando alguien se acerca a la filosofía descubre cosas de suma importancia para el análisis de la realidad que nos circunda y que, a la larga, se constituyen en respuestas a una serie de preguntas formuladas en torno a un tema.

Y el tema para este artículo es, precisamente, la realidad, estudiada desde una perspectiva estrictamente filosófica.

Platón, el otro imprescindible de la filosofía junto con Aristóteles, nos introduce al tema de hoy. En efecto, el elemento característico del último período platónico fue la tendencia a la abstracción o, si se quiere, el último Platón se ocupó de la descripción de un alma preocupada por cuestiones matemáticas y geométricas, así como por la astronomía.

En otras palabras, su último período reflexivo giró en torno a todo lo que se sitúa más allá de nuestro alcance evidente y tangible.

Cuando Aristóteles se incorporó a la Academia, ésta pasaba por un período de revisión del platonismo clásico. El momento es de trascendental importancia porque para un filósofo como Aristóteles debió haber sido verdaderamente apasionante pues era un momento de apertura de nuevos horizontes de estudio, de indagación sobre temas que habían preocupado poco a Platón, es decir, es un momento que se abre a nuevos conocimientos.

Toca a Aristóteles empezar un nuevo clima de trabajo donde la evidencia resulta de mayor trascendencia que otro tipo de estudio. Y lo es porque este nuevo clima siempre hace referencia a la realidad. Los resultados históricos de este método son de importancia tal que no hace falta referirlos.

Desde entonces y hasta hoy, la realidad se puede considerar como un ente autónomo con carácter de contundencia. Su existencia no puede probarse de manera tangible pero siempre está alrededor nuestro. No habla, no tiene movimiento, no entra en debate con nadie, no sabe nada de nosotros, no come, es incorruptible… Podemos citarla, invocarla, señalarla, encubrirla… pero ella siempre está ahí, inamovible, imparable, rígida, sin fracturas: su rostro es el mismo y no admite absolutamente nada que no concuerde con ella.

Por ejemplo, y sólo es un ejemplo con carácter pedagógico, nuestro gobierno mexicano puede alzar cualquier discurso optimista en términos de crecimiento económico, pero la realidad está ahí para desmentir la grandilocuencia verbal con que se alude a esa actividad, sin importar las motivaciones conque la parte interlocutora realice esa acción.

La autoridad gubernamental puede decirnos en el tono que desee, que el ejército mexicano, guardia nacional, constituyen la institución más sólida, más respetable, más capaz, más leal y la de mayor confianza que existe en el país, pero apenas ha soltado esa afirmación, la realidad nos dice lo contrario. Que es, otra vez a manera de ejemplo, una institución débil (con mucho poder económico ahora, pero débil), convertida en el hazmerreír de todos. Una institución a la que cualquiera confronta impunemente, sean narcos o ciudadanos comunes. Piénsese en el reciente caso en que el ejército mexicano se vio humillado, secuestrado y maltratado por guatemaltecos y presentados como delincuentes en redes sociales. El desprestigio le viene de un malentendido que interpreta servicio y autoridad como funciones equivalentes. Hoy el ejército y la guardia nacional sirve para cuidar hospitales, custodiar vacunas, ser agentes de tránsito, levantar muertos después de las masacres y, la única actividad que más se le acerca a su estatus es la de detener y perseguir migrantes para ser el verdadero muro de un expresidente gringo con la anuencia del gobierno de México. Esa es la realidad que actúa por sí misma para desmentir un discurso que se presenta vacuo.

El presidente puede decir que nuestro sistema de salud es parecido al de un país europeo que se distingue por su calidad y eficiencia. Y apenas lo ha dicho la realidad se apersona con la evidencia de un desabasto histórico en medicinas que vulnera a una población a la que le niega el derecho a la salud; también hospitales sin infraestructura, sin personal para hacerle frente a la presencia indeseable de la enfermedad.

Mención aparte merece el manejo de la pandemia cuando el gobierno nos dice que vamos bien, que la hemos superado. Entonces surge la realidad; ella nos indica que son más de doscientos mil muertos, que no tenemos vacunas suficientes y que no se distribuyen de la manera más eficiente para satisfacer las necesidades de una población que la requiere con urgencia.

Desde las oficinas de gobierno nos dicen que el manejo de la violencia ha sido un acierto, porque eso es cuestión de los gobiernos neoliberales del pasado. Y sí, otra vez, la realidad se hace presente para mostrarnos los escenarios donde la violencia se muestra con toda su crudeza: migrantes calcinados, ejecuciones masivas, feminicidios, secuestros…

En fin, podría seguir dando ejemplos pedagógicos, de sobra conocidos por todos, pero me apartaría de mi objetivo principal, que es hablar de la realidad.

Sí, la realidad es una presencia incómoda. Los políticos desearían con toda su alma desterrarla de la vida cotidiana. La odian, tratan de encubrirla, de eludirla, de violentarla, naturalmente sin lograrlo, porque lo único que se le puede oponer a la realidad sería un discurso que sea igual a ella misma. Es decir, que sea verdad. Esto es una virtud.

Aristóteles, el imprescindible, decía que la virtud es el premio más bello de la vida. Agregaba, además, que lo que se hace por virtud no depara pena alguna o, en todo caso, la pena es ampliamente compensada por la satisfacción que proporciona la acción cumplida.

La sinceridad es una virtud que se relaciona muy estrechamente con la verdad. Por eso la realidad condena al que se atribuye falsas verdades, al que se jacta de logros que distan mucho de lo que es en la realidad; también al que no quiere reconocer los méritos o atribuciones de otros en el accionar de la vida cotidiana.

Ser virtuoso exige agudeza; una virtud asociada a la sociabilidad y a la calidad de la conversación. Quien es agudo, sólo por el hecho de serlo, salpica la conversación de componentes joviales que hacen más amables los diálogos, o los monólogos. Un virtuoso jamás se complace en la bufonada ni se muestra áspero con sus interlocutores.

Un político virtuoso, jamás le tendría miedo a la realidad y ésta nunca le sería una presencia incómoda.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.