La santa trinidad: Francisco, Raúl e Hilario

La diócesis de Saltillo tiene tres obispos. Con sus 100 años, don Francisco ha sido muy querido por la grey. Cuenta con un doctorado en historia, en Roma, y buena preparación teológica. Hay quienes, comparándolo con don Raúl, opinan que es conservador. No lo creo, siempre estuvo al pendiente de los pobres y le tocó la posibilidad de apoyar a obreros, mineros y campesinos. Don Francisco tenía un hándicap que nunca dio a conocer. El papa polaco, ahora declarado santo, lo obligó a hincarse exigiéndole hacer un voto a la Virgen de que no se acercaría a ideas socialistas. No lo hizo, pero sí mostró su dilección hacia los desheredados y, por lo menos, permitió que los sacerdotes tuvieran sus propios compromisos y su interpretación del Evangelio. Hombre de fe con una capacidad de comprensión muy rara. Sin ser discípulo de Voltaire, don Francisco siguió su «tratado de la tolerancia». Buen orador, a menudo alargaba sus discursos, sin embargo, era didáctico. Disfrutaba la conversación y, para no olvidar que era jalisquillo, degustaba con placer un tequila.

Don Raúl nos llegó de rebote. El presidente Ernesto Zedillo presionó al mismo papa Juan Pablo II para que lo sacara de la diócesis de San Cristóbal, Chiapas. De plano exigió que saliera después de la rebelión zapatista. El Papa cedió como siempre hizo frente a los poderosos —a diferencia del actual papa Francisco e, incluso, de Benedicto XVI—. Desde su llegada comentó que lo habían sacado por la fuerza y no le gustaba su nueva diócesis. Sin embargo, muy temprano inició aquí una pastoral que lo colocaría entre los obispos más avanzados. Hace veinte años la Iglesia no aceptaba ni por asomo un acercamiento a los homosexuales, cosa que tuvo lugar en esta diócesis —nada más había una pastoral de ese tipo en otras dos diócesis del mundo —España y Brasil—. Hoy en día todos consideran normal esa relación antes condenada. Pronto llegó a don Raúl la prueba de fuego: unos soldados violaron a varias prostitutas en Castaños: su condena fue inmediata, con el evidente enojo del Ejército. Paso a paso fue dejando saber que el Evangelio no estaba en venta y que era difícil seguir la pista al Nazareno, mas, había que hacerlo. Desde su llegada la diócesis ha estado en vilo. Él menciona siempre las enseñanzas de Jesús. Y sí, ese tal Jesús tenía una coherencia sin igual. Sólo un idiota o un perverso no lo entiende. Incrédulos, cristianos, campesinos, mujeres, académicos y otros grupos sociales admiran a don Raúl, aunque no siempre lo apoyen.

El nuevo obispo, Hilario, tiene que tener en cuenta que entre sus ahora feligreses existe toda una gama de intereses que son sumamente difíciles de conciliar. No hay duda de que, así como Zedillo impuso a don Raúl, el poderío regiomontano asignó a Hilario. El arzobispo de Monterrey antes había colocado al obispo de Piedras Negras. No adelanto críticas porque tiene todo para ser un buen obispo de Saltillo. Es su oportunidad. Don Hilario es, por su cargo, el líder de los católicos: todo un reto.

Estoy leyendo a San Agustín, nombrado obispo de una diócesis africana por sus propios feligreses en el siglo cuarto. Fue un converso que ingresó a la Iglesia muy tarde. De personalidad polémica, gran inteligencia y excelente escritor, fue admirado y buscado en toda la cristiandad, desde Jerusalén hasta Roma o Alejandría. Se sentía gran pecador, por lo cual se retiró a vivir fuera de la ciudad. Los cristianos fueron a buscarlo y lo hicieron obispo por votación democrática. Sí, en la Iglesia existía la participación popular. Además de ser el gran filósofo de la cristiandad, Agustín tenía la suficiente humildad como para pedir opiniones, a veces sobre problemas teológicos. En carta a San Jerónimo, del año 415, le pedía lo iluminara en una cuestión teológica un tanto problemática. Cito una frase de la carta: «Contra los que creen saber lo que ignoran, somos sus maestros, porque no ignoramos nuestra ignorancia».

Investigador, académico e historiador