La voz cautiva

Incinerante llama redonda que no sube…

Emilio Prados

Emblemático texto del poeta español que bien puede asociarse, sin ningún problema, al tema que hoy me ocupa.

Fíjese usted, amable lector, cuando en la vida ordinaria, dominada por la tediosa cotidianidad, perdemos a papá, mamá, una tía, a la pareja, amigos, ordinariamente podemos superar la pérdida por la esperanza de que surja algo que nos reconforte y alivie.

Hoy, sin embargo, mi percepción del futuro, a partir del presente, resulta incierto, vacío. Aun así, esa condición es la mejor para enfrentar el desafío de cambiarlo todo. Y la solución es simple pero radical: reformularlo, recrearlo, reinventarlo, refundarlo, aunque se necesite matar el pasado reciente, empezando por los partidos políticos convertidos en formadores de una burocracia que pervierte el concepto de democracia y de ciudadanía y saca beneficios a costa del resto. Reformular las universidades que extraviaron su sentido formativo para convertirse en centros burocráticos que fortalecen el gran discurso de la rigidez. Recrearlo a través de su arte revalorando al artista, no al cazador de becas arropado por la Secretaría de Cultura, ni a los incorporados a la burocracia servil, ni a los independientes con mentalidad de siervos que se mueren por ser la alfombra de lujo para que pisen los que detentan poder, sino los auténticos, los sin nombre, los que carecen de currículum porque han eludido los espacios oficiales pero que, en cambio, tienen mucho que decir; re-crearlo a través de su cultura, expresada en su cocina, en su vestido, en sus danzas, en su colorido, en su lenguaje, en su visión de mundo. En todo eso es donde se pueden encontrar las formas vitales de su existencia.

Ese, creo, es el camino. Convocar a un nuevo constituyente que dé por concluido un ciclo e impulse una renovación total que involucre una nueva Constitución, nuevas instituciones, nuevas formas de convivencia, nueva sociedad que sepa enfrentar los desafíos que le presenta la existencia real. Nueva patria, pues.

Digo esto porque una sociedad que recela de las instituciones que ha creado para gobernarse, no sirve de ninguna manera; de la misma forma un gobierno que ha vulnerado la credibilidad en sus instituciones, tampoco.

Y no sirve porque, en su extravío, la sociedad mexicana se diluye a diario en la masificación de los medios, las redes sociales, las mañaneras. A través de ellos asiste al espectáculo de su propia decadencia en el embrutecimiento del alcohol al que es arrastrado por el negocio del deporte organizado; en el morbo patológico del reality show en el que se ventila la intimidad manera tan burda y patética que termina por degradar al ser humano; en el desborde sensiblero de los programas televisivos y en la supuesta democratización de las redes sociales.

Y todo eso ocurre sin que, ni siquiera como eco lejano, le bulla en la cabeza al ciudadano de hoy, lo más próximo a una conciencia que le permita visualizar lo que está detrás de lo obvio, un vacío que hunde lo mejor del individuo: la dignidad. Porque en el trasfondo es una sociedad sin conciencia, burda, analfabeta, embrutecida, incapaz de ver, por ejemplo, que las instituciones, el gobierno, son uno con  el crimen organizado vía complicidad, impunidad y otras perversiones policiacas.

La historia nos ha dado los nombres más célebres de la decadencia moral encarnados en Humberto Moreira, Fidel Herrera, Carlos Romero Deschamps, Elba Esther Gordillo, Carlos Salinas de Gortari, Arturo Montiel, Mario Beltrones, Enrique Peña Nieto, Manuel López Obrador, este último como patético ejemplo de irrefutable y perversa irresponsabilidad traducida en crimen social en sus otros datos que esconden las grandes tragedias del país.

Pienso en las pasarelas de alfombra roja y caravana de la clase política mexicana, las propiedades diseminadas a lo largo y ancho del país de estos magos que hacen crecer y multiplicar su patrimonio como un verdadero milagro.

Y pienso también en mi tío Gallo, hombre de trabajo rudo en lo que queda del campo, quien a lo largo de su vida desempeñó jornadas de 12 y 14 horas para medio llevar la vida y apenas alcanzó para tener una casucha (levantada por él mismo) de adobes desnudos, un par de camisas y pantalones desgastados, un sombrero viejo cayéndosele a pedazos; ese hombre de entrañable memoria, no tiene ni siquiera un par de zapatos,  realiza una comida al día y tiene prohibido, por la miseria, claro, enfermarse, o le va como en feria. ¿Medicinas?… Sí tú, cómo no.

Mi tío Gallo, ejemplo vivo de que en México el que trabaja honradamente no emerge nunca de los sótanos de la pobreza. Y eso corrobora, otra vez, los mecanismos de hacer riqueza en forma ilegal que los políticos, algunos empresarios y otros de la misma calaña, tienen como vocación profesional.

La contraparte de lo que le ocurre a mi tío Gallo, fue la gran farsa que representó el proceso electoral de 2012 y que trajo de regreso amañado y tramposo al PRI a la presidencia de la república y la que siguió la falacia que representó la arrolladora victoria de Andrés Manuel López Obrador en el 2018 como simulación de una democracia que no contempla otros instrumentos de análisis más allá del sufragio.

Ambos eventos constituyen el planteamiento puesto sobre la mesa, con descaro y cinismo, de una serie de fallas y desaciertos que, de ninguna manera, pueden ser calificados como si hubieran ocurrido por casualidad. Hay un hilo conductor que permite ver una trama compleja orientada hacia la consecución de un objetivo: la búsqueda de un poder, a todas luces desmedido, aunque se tuviera que minar la capacidad de respuesta ciudadana, a través de múltiples estrategias (educativas, laborales, de impartición de justicia, de acceso a la salud, medios de comunicación…)  que laceran la capacidad de ser independientes, que  hacen del individuo parte de un mecanismo que opera a su conveniencia, con ciudadanía incompleta, sin conciencia.

Y en ese faltarle la conciencia se nota en su voz cautiva, esa llama que no sube para nombrar siquiera la tragedia de los migrantes en la frontera sur, la devastadora vulnerabilidad de los pobres frente a la pandemia, el terror inacabable frente a la violencia, la devastadora humillación de los ancianos frente a la dádiva presidencial… y no tener nada en la cabeza para formularse una respuesta. Criminal.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.