Libertad en juego

La Ilustración fue un período luminoso de la humanidad que le aportó la conciencia del uso de la razón para iluminar los imaginativos del ser humano; es un hecho por demás sabido. Lo traigo a colación porque fue, precisamente, en el seno de este grandioso movimiento intelectual que uno de sus más grandes representantes planteó algo que hoy me interesa destacar.

En efecto, Charles de Secondat, Barón de Montesquieu, concibió el conjunto de sus ideas políticas, históricas y jurídicas que se expresan en su más brillante producción escritural, me refiero al Espíritu de las leyes, en el que aborda el problema de la ley en sus aspectos natural e histórico.

El famoso iluminista expresa en ese libro que cada pueblo tiene las leyes que conviene a su naturaleza y a su altitud histórica. Subrayó, además, que las diferencias de legislación no demuestran sino las diferencias entre los pueblos mismos.

Así, de ese modo, surge la ley de las circunstancias en que se desenvuelve la vida entera de un pueblo; circunstancias, por cierto, que no se hallan determinadas precisamente por una necesidad natural, sino que son el producto de la aspiración a libertad humana.

Esto quiere decir que en las leyes de cada uno de los pueblos se expresa con absoluta claridad el alcance de sus propias aspiraciones de libertad y la posibilidad real de concretarlas.

El planteamiento de este insigne miembro de la Ilustración es que, en términos ideales, el estatusde mejoría social consiste en alcanzar la libertad máxima dentro de las posibilidades dictadas por las circunstancias naturales e históricas.

Pero no es automático ni sólo por desearlo ocurrirá. Para el cumplimiento de lo anteriormente expresado, se precisa de una efectiva separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Eso, por lo menos, es lo deseable. Sólo esa deseable separación fundamenta una libertad suficiente, misma que queda inmediatamente destruida tan pronto como los poderes se unifican, ya sea en manos de un solo individuo o bien en las de todo un pueblo.

En esos términos pensaba el señor Montesquieu cuando hablaba, entre otras cosas, del espíritu de las leyes.

Pues bien, de entre todas las formas de gobierno posibles, la democracia se aparece como el ideal de nuestra época. En México llevamos muchos años tratando de construirla y en algunos momentos de su historia se ha vislumbrado una posibilidad de lograrlo. De hecho, por lo menos en la teoría, vivimos en una democracia.

Pero asumiendo que es así, la democracia mexicana debe hacer el esfuerzo más sostenido por desprenderse de todo despotismo que, parece, le es tan tentador; debe alejarse de toda forma de totalitarismo basado en la creencia de que el sufragio es el único elemento legitimador de la democracia.

Entre la democracia, como forma lícita de gobierno, pero imposible todavía en el México de hoy, y la degeneración construida por el presidente de la república y el coro laudatorio y servil del partido mayoritario, se encuentra la Constitución, a partir de la cual todas las jerarquías se hallan regidas por la ley y en donde los distintos poderes se armonizan y contrapesan de acuerdo con las normas legisladas.

Las ideas de Montesquieu permanecen intactas y están vigentes en todas las tendencias y prácticas de la democracia moderna. Sus ideas prepararon el gran monumento de ideas políticas, sociales e históricas que prevalecen en las democracias que se practican en los Estados modernos.

Por eso resulta inexplicable que, como parece, los que están en el poder que toma las decisiones en México, no hayan dispuesto de unos momentos para hojear —y ojear— las páginas del libro al que me he referido antes.

Puedo entender que la ignorancia impere, pero quizá debiera prevalecer el sentido común para escuchar y atender sugerencias. No logro comprender por qué si hace tanto tiempo se planteó la necesidad de depositar el poder en las leyes, con argumentos de razón, además, no entiendo, digo, por qué en México se prefiere depositar ese poder en una figura de tan escasos alcances intelectuales o en un coro laudatorio que desentona recurrentemente.

Ese pensamiento planteado hace muchos años resultaba entonces vital en la Europa de su tiempo, como vital resulta hoy para el México contemporáneo. Naturalmente que el poder no debe estar en manos de una figura personal, por más valores que pudiera ésta encarnar. El espíritu de la democracia exige una actuación más sensata, más coherente con el pensamiento liberal que se proclama.

La concentración del poder no tiene ideología; termina por convertirse en un gobierno fascista que olvida que el respeto a la ley es el respeto a los desposeídos y a las instituciones creadas para construir el mejor gobierno de bienestar.

Desmantelar el andamiaje de las instituciones conlleva riesgos; los totalitarismos y las dictaduras están siempre al acecho. Todo empieza cuando la legalidad suplanta los verdaderos sustratos de la justicia. La legalidad en sí misma no es justicia social. Puede ser legal un veredicto, pero no necesariamente justo. La legalidad aplicada correctamente puede contribuir a armonizar los poderes que se dan en una sociedad.

Bueno, todo esto viene a cuento porque no logro entender bien los afanes destructivos que, a mi entender, el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador arremete contra los andamiajes que sostienen a instituciones que han probado su eficacia para los fines que fueron creadas.

No comprendo por qué esa masa informe que corea servilmente las ocurrencias del patrón, se asume como la depositaria de los valores y las ideas de aquellos que en el pasado participaron de un esfuerzo constructivo por definir el rostro de una nación.

¿En verdad se creen poseedores de un espíritu mesiánico que los ha señalado para trazar el rumbo de una transformación que conduzca a la tierra prometida?

En una democracia, que en la vida cotidiana trata de construirse en cada uno de sus actos, no debe llamarnos a miedo el hecho de que haya discusiones, divergencias y oposiciones. Ese no es el problema, y hasta resulta sana su existencia. El problema es que esas discusiones, divergencias y oposiciones, lleguen a considerar que se puede discutir, divergir y oponerse, situándose por encima de las leyes.

Una actuación por encima del espíritu de las leyes pone en riesgo muchas cosas, pero, sobre todo, pone en riesgo concretar lo que en verdad está en juego: la libertad.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.