Los dictadores no pasan de moda, ahora brotan como hongos…

La gente está harta de los políticos rufianes pero… pero a la hora que llega la ocasión de deshacerse de ellos, mandan a la goma su derecho, votan por los que de antemano saben que no van a representar sus intereses o de plano no se presentan en las urnas a sufragar en un acto de valemadrismo típico de aquellos que se niegan a asumir su investidura ciudadana y que no tienen empacho en desdeñar su responsabilidad como parte sustantiva de una colectividad. Esta conducta tan representativa de la idiosincrasia de los mexicanos es una de las razones por las que prevalece el sistema político imperante. Le mientan madres a los hombres y mujeres en el poder, pero les mantienen sus niveles de vida a todas luces ofensivos, ya que lo que les pagan da para vivir con dignidad pero no para los lujos y el despilfarro grosero en que discurre su existencia y la de su parentela, obviamente me estoy refiriendo a la alta burocracia, porque la de abajo recibe una miseria de salario. Se les tolera de manera vergonzante el que digan que están al servicio del interés de la nación cuando lo que hacen es servirse del cargo para hacerse de billetes a trasmano, vía «favores», que no son más que tráfico descarado de influencias millonariamente cobradas$$$. Cuando se escucha a gente de la ralea de un Javier Duarte, de un Emilio Lozoya, de un Zebadúa, despotricar, con tal de salvar el pellejo, en contra de lo que fueron parte y se enriquecieron hasta la ignominia, la náusea debiera volverse insoportable para un pueblo tan vilipendiado como el nuestro y cargarnos a punta de votos en conciencia, el sistema que los parió y los alimentó. Exhibirlos como lo que son, para que las nuevas generaciones tengan repugnancia de que individuos tan deleznables se conviertan en sus gobernantes.

¿Cómo pudimos acostumbrarnos a tener como presidentes de la República, como gobernadores, como alcaldes, como legisladores, como jueces, a gente sin patria, ni matria? Si los mexicanos tuviéramos sentido de unidad, de lo que significaría convertirnos en una Fuenteovejuna de carne y hueso, cohesionados, sin fragmentaciones, con la claridad de que ninguno de esos gandules va a volver a esquilmarnos, otro gallo le cantaría a este país. Se les caen los calzones del susto de solo pensar que la nación se les rebele unida, una nación harta de vivir en un sistema en el que quien la hace no la paga, en la que solo van a la cárcel los que no tienen dinero para «demostrar» su inocencia, en la que los corruptos jamás devuelven lo robado. Un país en el que entre más sinvergüenza se sea se llega y permanece en cargos públicos de altos vuelos, desde donde se sirven a placer y con la cuchara grande en beneficio propio a costa del bienestar de millones de mexicanos.

Me viene a la memoria lo que leí hace muchos años en uno de mis libros favoritos: La Columna de Hierro de Taylor Cadwell, cuando Sila se dirige a Marco Tulio Cicerón para decirle: «Consideremos los políticos. ¿Hay hombres más vanos que los que gozan de un poco de autoridad y pueden pavonearse ante quienes los han elegido? ¿Hay alguien que pueda vanagloriarse de ser más ladrón que estos representantes del pueblo, alguien que no venda su voto por el honor de sentarse a la mesa junto con los poderosos? ¿Quién es más traidor a un pueblo que quien jura que lo sirve? ¡Míralos! ¿Crees que van a dejar de llenar sus arcas por mucho que les grites que hay que salvar Roma? ¿Van a dejar sus cómodos puestos de mando en nombre del pueblo y a servir a los ciudadanos que los eligieron sin temor o favoritismo? ¿Van a exigir que se respete la Constitución y se negarán a aprobar una ley que favorezca sus intereses? ¿Van a gritar antes ¡libertad! que ¡privilegio!? ¿Van a exhortar al electorado a que practique de nuevo la virtud? ¿Se van a encarar con la plebe de Roma para decirle: Portaos como personas y no como un rebaño? ¿Encontrarás a uno solo de éstos entre los representantes del pueblo?». La respuesta del talentoso tribuno y pensador romano a todas aquellas interrogantes fue una sola, «No, señor».

México no se cansa de cargar con esa caterva de rufianes. Es una especie de masoquismo genético. Le fascinan los cobardes que tiran la piedra y esconden la mano. Se siguen creyendo el cuento de mesías que va a venir a salvarlos de la inmundicia en la que se ha convertido el ejercicio del poder público. Le apuestan a un hombre para que les traiga orden y prosperidad, lo entronizan como si fuera un iluminado, y si el espécimen así se considera, pues están en sus manos. Ya apostado en ese trono no admite ningún tipo de oposición, demanda aceptación total, se solaza en un ejercicio de poder absoluto, y quien o quienes no estén con él son traidores porque se atreven a cuestionar sus supremos designios de engrandecedor de la patria. Repite hasta el cansancio que el país será reconstruido bajo su impronta porque él y nadie más que él es más puro que la Inmaculada, con honestidad a toda prueba, y jamás habrá un viso de raterías en su administración y ay de aquel que caiga en la tentación. Destaco también que el servilismo y el miedo son elementos sine qua non en todos aquellos que conforman su «equipo», son sus instrumentos para extender eso mismo a toda la población. Es un «come hombres», los despoja de uno de sus atributos más relevantes, el libre albedrío.

En México tenemos hoy día un régimen autoritario, sus rasgos y tentaciones fascistas se vierten todos los días, sólo quien no quiere verlas dice que no hay tal. Las altisonancias y las declaraciones ideológicas de quien ocupa la titularidad del Poder Ejecutivo Federal son públicas y notorias. Es un hombre que llegó vía elecciones democráticas, legalmente, pero como bien apuntan los autores de Cómo mueren las democracias, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en estos tiempos los dictadores ya no arriban a punta de balas, sino así, y con una consigna en mente: destruir las instituciones democráticas. Y eso es lo que se está haciendo en nuestro país. Es sistemática la violación.

¿Cómo reconocer a las personas autoritarias? ¿Cuáles son sus rasgos esenciales? Les comparto los que señalan los expertos en el tema, los estudiosos de la materia. En primer lugar, es gente que está convencida de que siempre tiene la razón, en TODO. Creen a pie juntillas que son los únicos capacitados para decidir cómo tienen que ser las cosas y cómo tienen que ser los demás, y no se admite réplica, su expertis así lo ha determinado. 2. Su liderazgo no se cuestiona, hacerlo se considera una ofensa. Se manda y el resto simple y llanamente tiene que obedecer. Es algo intuido como natural, igualito que el arcaico concepto de que el rey mandaba porque el poder le venía por derecho divino. 3. Minusvalora el trabajo y las habilidades de otros. El autoritario está convencido de que posee un criterio especial para decidir lo que hay que hacer. Los méritos de otras personas en el desempeño de tareas, desde su perspectiva son solo producto del azar, éxitos parciales. 4. Ostentando méritos. Derivado de su razonamiento de minimizar las capacidades de los demás, el autoritario es propenso a destacar sus logros, a visibilizarlos y así, acaparar en exclusiva los reflectores. 5. Exigencias constantes. Las personas autoritarias no se limitan a utilizar esta facilidad para manipular a los demás solo para cumplir algunos objetivos, sino que en muchas ocasiones terminan cayendo en una dinámica en la que se empieza a exigir de los demás muchas cosas y de toda naturaleza. Esto es así porque aprenden que ser autoritario puede ser redituable en el corto plazo. 6. Tendencia hacia la agresividad. La circunstancia de ir demandando cosas de los demás termina en ocasiones por generar situaciones de conflicto o de insatisfacción, y esto los lleva a reaccionar con agresividad para castigar al otro y aleccionarlo de que la sumisión que le deben es inamovible. Y 7. Quien es autoritario lo es de tiempo completo y en todos los contextos.

El próximo año tenemos elecciones en nuestro país. Se renovará la Cámara de Diputados federal, 27 Congresos locales, 15 gubernaturas y 1927 presidencias municipales, sumados los diferentes cargos públicos, se estarán eligiendo 21 mil 157 funcionarios. Es de mexicanos y de ciudadanos hacernos responsables de a quienes vamos a otorgarles nuestra confianza. Ya basta de votar a ciegas, ya basta de inconciencia consuetudinaria, estamos arruinándonos, estamos haciendo tiritas el presente y lo peor, el futuro de las nuevas generaciones. Los que hoy tenemos el derecho a decidir que queremos para México y lo hacemos al ahí se va o de plano desdeñamos el ejercicio del sufragio, les estamos enseñando a nuestros hijos y nietos, que el país importa una pura y dos con sal.

El gobierno federal a cargo de Andrés Manuel López Obrador está destruyendo a nuestro país, y con esto no quiero decir que lo que teníamos antes de que él ganara las elecciones era el paraíso terrenal. La corrupción y la impunidad están institucionalizadas dentro y fuera del sector público, son modus vivendi de muchos compatriotas, los derechos fundamentales reconocidos en la Carta Magna no tienen ningún significado para la actual administración; mandó al carajo la reforma educativa por «arreglos» con lo más nefasto del magisterio, y con ello la posibilidad de cambiar el derrotero de este país, hoy están peor que nunca los servicios públicos de salud, son un asco, porque no tienen el apuntalamiento de un gobierno responsable, sobre todo en estos infaustos momentos de pandemia; les quitó a muchas trabajadoras la posibilidad de dejar a sus hijos en guarderías calificadas alegando corrupción, pero no hay nadie ni siquiera sujeto a proceso por ello; acaba de finiquitar 109 fideicomisos, con el mismo argumento. La inseguridad pública de suyo desastrosa, hoy está peor que nunca. El desempleo, la caída de las micro, pequeñas y medianas empresas que está dejando morir. La lista es interminable. Él se vendió como el gran enderezador de esta realidad y no ha cumplido. No hay transición a la democracia, solo se cambió de color partidista. No hay transformación, es la misma basura de asistencialismo, de populismo, de clientelismo, de centralismo enfermizo… Es lo que él sabe, lo que aprendió en sus muchos años de vividor del sistema…. Allá nosotros, si continuamos solapando semejante perversión.

Licenciada en sociología por la UANE, Saltillo. Ha cursado estudios de Maestría en sociología, con especialidad en ciencia política, UNAM. Posee varios diplomados, entre los que destacan Análisis Político, en la UIA; El debate nacional, en UANL; Formación de educadores para la democracia, en el IFE; Psicología de género y procuración de justicia. Colabora en Espacio 4, Vanguardia y en otros medios de comunicación.