Los peligros de una pseudo-moral

Si pensamos que la moral es una disciplina que se enfoca en los valores que orientan e iluminan la conducta para que el ser humano se realice como persona, estamos en lo correcto. Pero este proceso no se consigue dejándose llevar por leyes instintivas, como en el reino animal.

Nada de eso. Antes bien su evolución en la vida de un individuo, se obtiene a través de otro proceso más amplio, más profundo y de mayor significación: el aprendizaje. La razón es casi una simpleza. Y es como sigue: el individuo no está programado por la naturaleza para alcanzar tales fines.

El comportamiento ético, que exige a una persona a actuar de acuerdo con ciertas pautas, tiene, pues, un origen externo: la cultura que ha sido capaz de desarrollar una sociedad pues sólo en ella un individuo aprende que no se puede hacer lo que le apetece a cada quien según sus gustos, sino lo que es justo para todos los miembros de una sociedad.

Históricamente, la ética siempre ha exigido la supresión de lo espontáneo escondido en un deseo irrefrenable e incontrolable, para reconocer, y reconocerse, en el privilegio de la realidad del otro que no es él mismo.

Así pues, todo se reduce a una dimensión educativa que pase por un proceso de formación que, de ninguna manera, es corto. Y esta educación no es posible sin una buena dosis de sacrificio. Este imperativo opera para que una persona no se deje llevar por el capricho inmediato, a la vez que obligarse a tener en cuenta los derechos de otras personas.

La sociedad moderna, anclada en la civilización contemporánea, impone una serie de renuncias, entendidas quizá como exigencias necesarias para vivir armoniosamente. Eso sería suficiente.

El anterior largo preámbulo viene a cuenta porque a razón del tema, el presidente de la república acaba de imponer (por más que él diga que es voluntaria) una guía ética, misma que se suma a la cartilla moral publicada antes. Con ambos documentos el gobierno pretende que la sociedad mexicana alcance las virtudes necesarias para una vida feliz basada en un comportamiento correcto.

Más allá de que la guía ética sea una extensión del pensamiento mesiánico del presidente (no cuestionable, por supuesto. El presidente es libre de profesar la religión que quiera y llevarla a cabo como mejor le convenga), el documento se presta para reflexionar, en efecto, sobre la ética que debería privilegiar la vida ordinaria de la política que se practica precisamente desde la administración pública, encabezada por el propio presidente.

Lo digo porque todo ese conjunto de normas, imperativos, prohibiciones y pautas de conducta no deberían pasar por el lenguaje, deberían ser aceptadas y experimentadas a través de un proceso de interiorización en la conciencia ciudadana de los individuos que forman la sociedad mexicana.

Yo no veo la mencionada guía como una ocurrencia ingenua que ha motivado en muchos el esbozo de una sonrisa burlona por un desliz que se ha cometido. Mi percepción es otra. Pienso que es un mecanismo orquestado para llegar a convertirse en un eco exacto de la autoridad externa  que la promueve.

Es también un mecanismo de control que apela a la obediencia cuando ya se ha pasado del proceso de idealización en que la autoridad fue revestida de los atributos y cualidades perfectas, sin ninguna posibilidad de crítica de por medio. Porque hoy, cuando esa figura ha empezado a desmoronarse (a pesar de que la popularidad que dicen revelar las encuestas), se hace necesario que las órdenes se planteen ahora como una exigencia de sumisión.

A partir de ahora quien no obedezca no alcanzará el premio de las becas y los apoyos económicos emanados del gobierno. La recompensa de los programas asistenciales se verá limitada a los siervos. Y en un país de pobres, los siervos son inagotables. Obediencia será ahora la única forma de alcanzar el premio y la aprobación del presidente.

Vislumbro en ciertos documentos de este tipo una acción política de alcances superiores que beneficiarán al grupo en el poder. Se busca una especie de regazo materno único donde el individuo pueda sentirse seguro y protegido. Por eso se busca la obediencia sumisa; el premio será quedar bajo el amparo de la fuerza del poder.

La virtud de una estructura así, es la sumisión absoluta, que anula no sólo la crítica y el disentimiento, sino también la posibilidad misma de dudar.

En toda sociedad es común encontrar personas felices al obedecer a la autoridad, y otras que disfrutan rebelándose. Pero cuando la subordinación está sostenida por sentimientos epidérmicos de miedo, cariño, admiración, seguridad, hacen que el subalterno renuncie con gozo a su propia autonomía para convertirse en un instrumento del superior, cuya voluntad decide por el otro en forma definitiva.

La famosa guía ética, me parece, encierra el peligro de una pseudomoral de la autoridad que la genera. Busca que el individuo sea bueno por decreto y que cumpla con unas determinadas normas que se le dictan desde el exterior.

Mi opinión es que la educación ética debería orientar, a lo largo de todo el proceso evolutivo de un individuo, hacia una conducta autónoma, madura; no infantilizada. De nada sirve la guía ética si no trasciende el mero acto del lenguaje.

La guía se inutiliza cuando es el propio presidente quien le pone el ridículo precio de once mil pesos a la vida de las personas afectadas por la pandemia. ¿No hubiera sido más sensato destinar esa inversión al sistema de salud para garantizar mejores resultados? Los apoyos son una obligación del Estado, no una dádiva.

La guía no sirve cuando es el propio presidente quien nos miente cada mañana y se regodea con las cifras de ahorro de la austeridad republicana desmantelando fideicomisos que tenían una razón de ser y que no se sabe a dónde fueron a parar.

La guía ética se desmantela sola es el propio presidente, no los conservadores, quien se muestra tan insensible a la tragedia (provocada por la propia autoridad gubernamental) de los tabasqueños y chiapanecos, o los feminicidios, o la violencia que ha sumado una incontable cantidad de muertos.

En fin, si bien la guía ética debe empezar con el lenguaje, debe operar con hechos para que éstos se constituyan en aprendizaje para todos. Pero de eso aún estamos lejos.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.