Necesitamos políticos que no leviten…

México es independiente desde el siglo XIX y, sin embargo, no ha alcanzado a fortalecer su institucionalidad, y esta fragilidad ha agudizado la pobreza, la desigualdad y la exclusión social de millones de habitantes. Y si a esto le agregamos las constantes crisis económicas que se dan a nivel internacional y que de una u otra manera influyen en la vida nacional, se perjudican severamente los procesos de desarrollo. Hoy vivimos una pandemia que agobia salud y economía y tenemos un gobierno incapaz de enfrentarla con soluciones sostenibles, y esto ya está repercutiendo porque daña los niveles de crecimiento y tendremos que afrontar por los próximos años un retroceso que se reflejará en más pobreza y abonará con ello a la alza de los índices de inseguridad que de suyo ya traen en jaque al país.

Partiendo de este contexto, hoy estamos entrando a una vorágine de desequilibrio entre el nivel de las demandas sociales y la capacidad de atenderlas, por parte del gobierno, de manera legítima y eficaz. Y esto podría solventarse si tuviéramos al frente del país a un estadista ocupado en generar políticas públicas de inclusión y participación de todos los sectores y actores de la sociedad. Este binomio es lo que hoy se reconoce como gobernabilidad democrática. Infortunadamente está ocurriendo todo lo contrario, tenemos al país inmerso en una polarización nunca antes vista, impulsada por el mismo presidente de la República.

México ha tenido avances importantes en materia de libertades públicas, derechos humanos, sin que esto signifique que somos el numen en la materia, pero a esta gobernabilidad democrática se la han ido carcomiendo la conducta ayuna de ética de muchos integrantes de la clase política, aunada a la corrupción en la labor ministerial, por un lado, y a la deficiente y hasta amañada impartición de justicia. Es este entramado, la legitimidad otorgada en las urnas, se pierde —como hoy ocurre en México con la transformación de cuarta de López Obrador— ante la incapacidad de los representantes para bien gobernar y satisfacer las necesidades de sus mandantes. Y esto lo vemos todos los días en los informativos que dan cuenta del desbarajuste de las autoridades de aquí y acullá. Y esto se va acentuando de manera alarmante en los municipios a los que la «austeridad» lópezobradorista está dejando encuerados y a la intemperie, alegando corrupción y dispendio, que no les falta razón, porque las raterías son típicas de un régimen podrido en corrupción, como el mexicano, pero que podría solventarse con un sistema de seguimiento estricto y aplicación irrestricta de la ley a los sinvergüenzas, como ocurre en otras latitudes. La consecuencia es que esto estanca las agendas municipales en aspectos emergentes y se descuidan aquellas con trascendencia futura, y actual, en perjuicio de la población. Esto a su vez, genera desencanto por cuanto tenga que ver con asuntos públicos, con política, y la gente se retrae. Y personas con genuino espíritu de servicio, porque las hay, prefieren participar desde el ámbito de las organizaciones no gubernamentales. Este es el precio del desaseo gubernamental, traducido a desconfianza generalizada y sustento al dicho de que «todos los políticos son iguales, rateros y sinvergüenzas».

Hoy estamos viviendo un fenómeno que alienta mi esperanza como mexicana y como ciudadana y también como apasionada de una disciplina, como es la política, con la que se puede generar tanto bien común, si se ejerce por personas capaces y honestas —y pensar así me ha acarreado burlas de quienes están convencidos de que eso no es posible, y que ahí está un listado de vividores que se han dedicado a ella, que han robado hasta la ignominia dinero público, que viven como sátrapas, que no han sido jamás castigados, e incluso son idolatrados—, porque las hay en este país, e incluso son más que la caterva de forajidos y forajidas; el evento inusual al que me refiero, es la presencia de agrupaciones como FRENNA y como Sí por México, que están diciendo que ya estuvo suave de tanta prepotencia venida del recalcitrante gobierno que hoy campea, y le van a manifestar desde las urnas que no comparten su visión y acciones de estado absolutista.

Hoy el gran desafío de la gobernabilidad para perfeccionar las instituciones democráticas, como bien lo expresa el académico argentino Antonio Camou, es partir de «…una serie de acuerdos básicos entre las elites dirigentes, grupos sociales estratégicos y una mayoría ciudadana…» En la misma tesitura, Osvaldo Hurtado, político ecuatoriano, subraya el papel que tienen los partidos políticos en el fortalecimiento de la gobernabilidad democrática, como los instrumentos principales a través de los que se deciden agendas, calidad representativa y control cuando son oposición. Advierte asimismo que: «Si la política, como tal, no se recupera moral y profesionalmente, no será posible que los mejores ciudadanos se interesen en ella y se inscriban en los partidos, lo cual es un paso necesario para que pueda mejorar su calidad, pues las instituciones generalmente son el reflejo de lo que son sus integrantes».

Son tiempos para la reflexión, es momento de cuestionamientos por parte de aquellos que tengan inclinación por participar en el ejercicio del poder público. ¿Cuáles son los motivos que los llevan a tomar una decisión de esta naturaleza? ¿El deseo auténtico de servirle a su comunidad, a su país, o el de servirse a sí mismos? Si es lo segundo, se trata precisamente de lo que ha podrido la política y la ha vuelto motivo de rechazo, de repudio, o de espacio idóneo para que se enriquezcan a sus anchas una caterva de vivales con nombre y apellido a quienes no tocan ni con el pétalo de una rosa, o utilizan hoy día el gobierno morenista para sacarles la sopa y que despotriquen y exhiban toda la podredumbre de la que fueron parte, con tal de salvar el pellejo, de apellidos Zebadua, Lozoya, Robles y el largo etcétera que falta. Pero el grueso sigue libre como el viento y viviendo de cuanto se robaron. Aquí en Coahuila tenemos varios pájaros de cuenta, que es fecha que siguen protegidos por su mantra de intocables. Si a esto no se le pone un hasta aquí por parte de la ciudadanía la política continuará desvirtuándose y no cumplirá con su objetivo toral de ser instrumento para generar bien público.

El ser humano es político naturalmente, fue diseñado para convivir con otros, para ser parte de, es un individuo dotado de inteligencia y voluntad y de libre albedrío. Asociarse con otros, negociar para alcanzar el bien común es inherente a su naturaleza gregaria. Eso conlleva a interactuar para vivir en armonía, de ahí la importancia de crear una infraestructura que contenga la comunidad, que le imprima dirección y le de fortaleza, para eso es la política. La política es pasión. Es pasión para buscar el bien, para amar y luchar por la sociedad de la que somos parte, para corresponsabilizarnos de cuanto nos atañe por ser integrantes de la misma, para generar lo que sea bueno para todos, con la maravilla del apoyo mutuo.

No más soberbia de quienes ocupen un cargo público desde cualquiera de los tres poderes. El país no necesita egocentrismo, ni desmesura, ni mandatarios ocupados en destruir cuanto no embone en su delirium de iluminados. Hacer política desde la soberbia, como sinónimo de fuerza, no es lo que necesitamos en el siglo XXI. Hoy lo que se requiere es un poder colegiado, resultado del dialogo, del consenso, de la madurez de sus hacedores, de su responsabilidad ciudadana y de su compromiso con México, no con sus intereses particulares, ni de grupo.

La soberbia inmoviliza a la política, porque la vuelve estéril, preñada de egoísmo y de la soledad del poder que desprecia la división en su ejercicio. La tarea esencial de un líder político es ser guía social y ejemplo a replicar. La política requiere de prudencia, de mesura y de humildad. Principios que reflejan una manera de vivir la democracia, de sentirla y enriquecerla con los ingredientes preciosos del humanismo. México no necesita políticos envenados por la soberbia, de esos que cuando llegan al cargo asumen que ya nadie ni nada los merece; lo que requerimos son hombres y mujeres que no leviten y que tengan la inteligencia y la humildad de entender que el cargo se lo deben a los mexicanos, que son empleados temporales y a cambio de un sueldo que sale del bolsillo de sus patrones. Por favor reflexionemos sobre esto, para que el próximo 6 de junio vayamos a decidir en conciencia que queremos para nuestro país. Analicemos con lupa la trayectoria de los aspirantes a las diputaciones federales y a la integración de los 38 cabildos —alcaldes, síndicos y regidores—, analizando sus perfiles, el de cada uno. Ya basta de votar a ciegas. No permita que gane el abstencionismo, en la elección local del pasado mes de octubre, el 60% de los electores coahuilenses decidió no participar. No se vale, es México lo que nos ocupa, y en ese México que somos todos, están las personas que más amamos en el mundo. No es de mexicanos que nos valga sorbete su presente y su futuro.

¡Feliz año nuevo! Venturoso 2021 para todos. Yo les deseo salud, salud y más salud. Sin ella, y espero que todos lo hayamos aprendido, la vida deja de ser luminosa. Dios los bendiga.

Licenciada en sociología por la UANE, Saltillo. Ha cursado estudios de Maestría en sociología, con especialidad en ciencia política, UNAM. Posee varios diplomados, entre los que destacan Análisis Político, en la UIA; El debate nacional, en UANL; Formación de educadores para la democracia, en el IFE; Psicología de género y procuración de justicia. Colabora en Espacio 4, Vanguardia y en otros medios de comunicación.