Nuestras creencias

Una de las esperanzas científicas para controlar la pandemia del COVID-19 es el avance de las vacunas. El mundo depende de la efectividad de los gobiernos para adquirir, distribuir y dosificar la vacuna, también de que la gente quiera vacunarse. La naturaleza humana es tan variada y compleja que, mientras unos creen ciegamente en los beneficios de que les inyecten una sustancia protectora, otros ven enormes riesgos y hasta conspiraciones. Lo que hace que unos crean y otros no es parte de la estructura de pensamiento que tenemos los seres humanos, de nuestra forma de ver y entender el mundo, incluso más allá de nuestro nivel educativo. Estos contrastes operan del mismo modo si hablamos de vacunas o de candidatos y partidos políticos.

Somos consumidores de historias, en especial de aquellas que refuerzan las ideas que tenemos o reafirman nuestras convicciones. No sólo les prestamos más atención, sino que el cerebro se encarga de borrar o no ver las narrativas que atentan contra lo que consideramos la verdad o nuestros valores. Si tengo ciertas reservas contra la vacuna y me entero que hay seis casos documentados en los que la vacuna de un laboratorio ha provocado coágulos, primero llego a la conclusión definitiva de que las vacunas (todas) son peligrosas. Además, como siempre he sabido que las vacunas tardan años en desarrollarse y probarse, me queda claro que existe un terrible riesgo de vacunarme —o incluso me atrevo a decir que «no son vacunas»—. Así que me subo a mi automóvil y mejor me voy de paseo, mientras compadezco a los miles o millones de personas que están siendo dizque inmunizadas y que seguramente tendrán efectos secundarios.

Es difícil cambiar el punto de vista de las personas, aun si les damos datos racionales. El hecho de que la FDA, la entidad regulatoria en materia de medicamentos en Estados Unidos, haya puesto en pausa la vacuna de Johnson & Johnson por esos seis casos documentados de coágulos es una confirmación absoluta para los llamados antivacunas. No hay un análisis para ver que han sido seis casos en siete millones de vacunados, lo que nos da una proporción de 0.00008571%; es decir, el riesgo es verdaderamente pequeño. Alguien dirá «pero ahí está el riesgo». Efectivamente, como en toda actividad de la vida. Viajar en automóvil, según las estadísticas, implica que mueren al año 12 mil 410 personas de cada 10 millones de viajes, esto es el 0.1241%, una cifra «nada más» mil 478 veces más grande que la de la incidencia de coágulos por una de las vacunas. Aun así, quien decide no vacunarse por los posibles coágulos se sube en su auto, sube a su familia y maneja tranquilamente.

Suena lógico escoger el menor de los males cuando no es opcional quedarse sin decidir. Increíblemente, pocas personas ven que el riesgo de vacunarse es mucho menor al riesgo de infectarse y ponerse en una situación de gravedad. La irracionalidad de la gente, respecto a las vacunas, además se alimenta de otros factores, como las creencias políticas y religiosas. La prestigiada publicación The Economist menciona estudios que demuestran que los evangelistas cristianos son un grupo altamente reacio a ser vacunado en Estados Unidos. Abrumadoramente votaron por Trump, quien desde el principio desafió la pandemia. El que las vacunas usen material celular de fetos abortados los ha llevado a la conclusión de que al estar a favor de las vacunas se promueve el aborto, lo cual es falso, el propio Vaticano ha dado su apoyo al uso de la ciencia en favor de la vida humana.

En un extraordinario artículo publicado en theconversation.com, «Por qué la gente cree en teorías de conspiración y cómo cambiar su punto de vista», Mark Lorch expone parte de lo que he argumentado aquí. Además, da buenos consejos para tratar con personas que piensan diferente a uno. Dice que la alfabetización científica sin duda dará buenos resultados, aunque es un camino largo. En forma inmediata sugiere simplemente «hacer amigos», tener una base común de entendimiento y, sin antagonizar, sembrar la duda razonable con evidencia. Suena a una recomendación hecha a la medida para el mexicano, sabemos que podemos estar en desacuerdo en temas de religión, de política, de futbol, pero en hacer amigos somos profesionales. El método científico lo confirma.

Fuente: Reforma

Columnista.