Nuevas medallas, viejas consignas

Si volteamos a ver la Cuba de hace 30 años nos maravillaría comprobar cómo algunos rasgos se mantienen constantes, mientras otros han variado ostensiblemente. Por aquel entonces, los cubanos sufríamos a fondo las consecuencias del colapso del modelo socialista en Unión Soviética y Europa oriental. Las carencias económicas se notaban por doquier y el hambre y la miseria campeaban por sus fueros. Eran los tiempos de los bistecs de toronja, los apagones constantes, el alcohol adulterado, la ausencia de transporte público, la escasez de combustible… en contraste con el auge de la represión explícita —que sustituía a la implícita—, los muros repletos de consignas revolucionarias y la obligatoriedad de nombrar a Fidel Castro, tanto para lo bueno (en voz alta) como para lo malo (en voz baja). Curiosamente, me comentan desde el archipiélago que así mismo están las cosas ahora. Igualito, dicen, con excepción del alcohol adulterado y los bistecs de toronja porque no queda alcohol para adulterar ni toronjas que se puedan hacer pasar por carne.

Hace 30 años también —29 para ser exacto— Cuba participaba en otras olimpiadas, las de Barcelona 1992, donde terminaría en quinto lugar, con la friolera de 31 medallas, 14 de ellas de oro. Una actuación así no se ha vuelto a repetir y resulta dolorosamente evidente que será difícil siquiera intentar emularla. La más reciente edición de este calibre fue Río de Janeiro 2016 que le reportó a la mayor de las Antillas apenas 11 oportunidades de subirse al podio —cinco de ellas en su escaño más alto—. Espero de corazón que en Tokio podamos mejorar estas últimas cifras y mantenernos como referentes de éxito deportivo dentro de América Latina, con todo y haber sufrido la vergüenza de, por primera ocasión, no incluir un equipo de béisbol en el certamen. Para quienes lo desconocen o lo olvidaron, se trata de nuestro deporte nacional.

El poder de Cuba en las justas deportivas ha menguado. Negarlo, más que necedad, sería una verdadera estupidez. Hace mucho que dejamos de generar atletas prácticamente imbatibles. Sin embargo, todavía persisten prácticas aún más vergonzantes que este declive o la ausencia de nuestros peloteros en Tokio. Me refiero ya no a rendir pleitesía a las autoridades por el apoyo sino al propio Fidel Castro, muerto y enterrado hace casi cinco años.

Cualquier cubano de mi generación o de generaciones anteriores coincidirá conmigo en que antaño agradecer, compartir, dedicar —o verbos similares— un triunfo deportivo a Fidel era parte de un guion al cual se debían supeditar los deportistas. Si la dedicatoria no llevaba el nombre del mayor de los Castro, entonces cabía evocar a la revolución que, a la postre, funcionaba como homónimo de su líder. Después se podían agregar los familiares, entrenadores y adláteres. Pero, primero, al comandante invicto.

Para un país que vivía de la imagen pública —y, a su manera, aún lo intenta—, la estrategia política resultaba bastante simple. Los triunfos políticos, culturales, médicos, educacionales, se debían a la revolución y sus máximos representantes. Puede que, para muchos, la Guerra Fría concluyó en 1989, con la caída del muro de Berlín y el posterior encuentro en Malta de Mijaíl Gorbachov y George H. W. Bush, pero en Cuba no fue así. Todavía hoy se mantiene y enlazar cualquier asomo de éxito a la ideología comunista que, en teoría, lo sostiene, es la mejor manera que encuentran las autoridades desde La Habana para proclamar su hegemonía. Aunque esa hegemonía solo respira —con frecuentes crisis asmáticas, vale aclarar— al interior de las fronteras cubanas.

Pensé, equivocada e inocentemente, que esa insana costumbre se había perdido. ¿Cuál no sería entonces mi asombro al escuchar las palabras del tetracampeón olímpico de lucha grecorromana, Mijaín López, retomar la misma cantaleta de antes?

«Gracias por el apoyo que me dan desde Cuba, y lo prometido es deuda, yo nunca voy a dejar de cumplir, porque hoy por hoy tengo que agradecer este resultado y quiero dedicárselo a nuestro comandante en jefe invicto, que fue quien llevó por primera vez el deporte a Cuba […] Creo que hoy nosotros somos merecedores de estos resultados gracias a él y a los esfuerzos que hizo para que nuestra revolución siguiera hacia adelante», fueron sus palabras al hacerse de su cuarta presea dorada.

Me niego a aceptar que Miguel Díaz-Canel y sus secuaces realmente sopesen la oportunidad de fortalecer la imagen del país frente a la comunidad extraterritorial con la actuación de sus atletas. Las pésimas condiciones en que hoy se encuentra Cuba no hay medalla alguna que la oculte o justifique. Así quedáramos en primer lugar de las olimpiadas —permítanme el desenfreno— más pesa en la opinión internacional el levantamiento del 11 de julio que un montón de consignas recitadas.

La Habana, 1975. Escritor, editor y periodista. Es autor de los libros El nieto del lobo, (Pen)últimas palabras, A escondidas de la memoria e Historias de la corte sana. Textos suyos han aparecido en diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales. Actualmente es columnista de Espacio 4 y de la revista hispanoamericana de cultura Otrolunes.