¡Oye, oye!, la candela es aquí

Segunda de dos partes

No describiré todas las combinaciones posibles porque las permutaciones son demasiadas y, lejos de esclarecer el panorama, terminaría por enturbiarlo todavía más. Citaré, en cambio, tres ejemplos que considero significativos. Todos, asociados al activismo político antes y después de la experiencia migratoria.

a) Hay quien no criticaba viviendo en Cuba y lo comienza hacer afuera.

b) Hay quien criticaba viviendo en Cuba y lo sigue haciendo afuera.

c) Hay quien criticaba viviendo en Cuba y lo deja de hacer afuera.

El primer inciso es el caso que justifica este artículo. Personas que permanecían calladitas en La Habana, Cienfuegos o Guantánamo y, de pronto, apenas pisan suelo foráneo se convierten en acérrimos opositores del gobierno cubano. No pocos de ellos hacen incluso carrera política —llamémosle así— y se presentan en redes sociales desarrollando su rol libertario, conceden entrevistas ad hoc, lanzan su propio sitio web o publican libros —mientras más rimbombante el título, mejor— y, efectivamente, pueden llegar a deslumbrar a algunos, si bien otros le descubran bajo su capa de paladín, la mancha del oportunismo y su conveniencia financiera.

A pesar de la ingrata existencia de sujetos así, ningún cubano debería coartar la libertad de expresión de otro por el simple hecho de residir en el extranjero. Hay quienes, sencillamente, no encontraron el valor o el espacio para hacerse escuchar en Cuba y ahora lo hacen desde el exterior. Tampoco falta quien, ganado el pan, hace su propio verso. Contestatario, fustigador, a salvo, ¿qué más da?, si es sincero, bienvenido sea.

Tal vez muchos aplaudan el compromiso y la franqueza explícitos en el segundo inciso. Aquellos que criticaban al gobierno viviendo en el monstruo, es decir, bajo la proximidad de sus fauces, y lo continúan haciendo desde otros horizontes. Es válido, sí. Es loable, sí. Pero cuidado, esa continuidad no está exenta de matices. Pienso —y piensan muchos— en el nombre de Yoani Sánchez, por ejemplo. La Yoani de hoy dista mucho de aquella bloguera de sempiterno rostro demacrado que pugnaba por viajar fuera del país y las autoridades le negaban, una y otra vez, su salida. La actual directora del diario 14ymedio, presentadora en el canal de televisión por suscripción latinoamericano DW Español​, columnista de El País, todavía se presenta como residente en La Habana y sigue su labor crítica y testimonial, pero francamente está a años luz de cautivarnos y mantenernos en vilo con sus vicisitudes como lo hacía cuando era una ciudadana de a pie. Justamente aquella imagen humilde despertaba nuestra empatía y nos sentíamos identificados con sus tribulaciones porque eran las mismas tribulaciones que sufríamos muchos de nosotros. De eso, ya queda muy poco, por no decir nada. Y, expongo una acotación importante, no se trata de estar jodido para ser creíble sino de dejar en evidencia que la continuidad de una tarea no garantiza el éxito de la misma, sin importar si se ejecuta dentro o fuera de las fronteras de una nación.

Curiosamente, el tercer inciso es el más criticado. Los frenéticos activistas cubanos que, una vez conocida la bonanza de otras latitudes, renuncian a críticas, entuertos y acusaciones para echarse a holgazanear y vivir, en familia, su personal cuento de hadas. Y sin embargo, ¿saben qué?, podremos llamarlos egoístas, pero se me antoja injusto tratarlos de doble moral, posiblemente su calificativo más socorrido. ¿Por qué? Porque la inmensa mayoría de ellos luchaban por una vida mejor. Y la encontraron para sí. Insistir en la parafernalia del compromiso político con el prójimo, cuando no te rugen las tripas ni sientes, verdaderamente, el dolor del otro, sería hacer exactamente lo mismo que busca el gobierno cubano, cada vez que exige apoyo a una ideología de la cual muy pocos se sienten partidarios. Se hace por obligación. Se hace por falta de elecciones. ¿Cuántos no participamos en la farsa de los comicios nacionales para evitarnos problemas? ¿Cuántos no asistimos a un desfile político porque hacia allí nos llevaban? Pues, ¿adivinen qué?, la principal ventaja de una sociedad democrática es contar con la posibilidad de elegir. Y una elección puede ser perfectamente vivir cada quien su vida como le dé su regalada gana. Es duro, lo sé. Es cruel, lo acepto. Egoísta, sin duda. Pero no por ello tenemos el derecho de exigirle al que se fue, que defienda al que se quedó.

Y dejo, a modo de opción extra, especie de mención especial, otro caso muy común. Existe quien despotrica con furor viviendo en Cuba, pero porque no ha podido salir de allí. A estos, la frustración de su malograda situación suelen tornarlos más violentos que los demás y rozan posiciones extremas. Encauzan sus diatribas lo mismo contra el gobierno de Castro o Díaz-Canel que contra el artista que triunfa en el extranjero, el atleta que deserta, el médico que regresa o el paisano que es pasivo por no hacer nada estando afuera o el otro paisano que dice mucho justamente porque está a salvo allá afuera. Personas así abundan, víctimas de una situación que no pueden evadir y que termina por convertirlos en inquisidores de realidades y quimeras. Tampoco los llamaría buenos patriotas.

Entonces, me pregunto, ¿dónde está realmente la candela? La candela está justo ahí, donde la sintamos y hagamos arder. En la geografía más dispersa. Llámese Centro Habana o los Alpes suizos. No serán las coordenadas de un mapa las que califiquen nuestra labor y compromiso político sino el efecto de nuestro trabajo. Un mambí no siempre pelea en la manigua. Lo hace en las calles, en la prensa, en la clandestinidad, en una marcha, en donde se pueda. A fin de cuentas, si de mambises se trata, mucho más logró hacer José Martí en Nueva York que en Dos Ríos.

La Habana, 1975. Escritor, editor y periodista. Es autor de los libros El nieto del lobo, (Pen)últimas palabras, A escondidas de la memoria e Historias de la corte sana. Textos suyos han aparecido en diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales. Actualmente es columnista de Espacio 4 y de la revista hispanoamericana de cultura Otrolunes.