¿Qué felicidad mide el presidente?

La brecha que siempre ha mantenido el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) entre su discurso y la realidad se ha convertido en abismo. Aunque, desde el inicio de su administración, muchos periodistas, organizaciones no gubernamentales y representantes de la sociedad civil le han reprochado el divorcio entre lo que dictan sus palabras y lo que muestran los hechos —algo que ya no puede tomarse por accidente y debe asumirse en calidad de estrategia premeditada— al mandatario no parece importarle. Su reacción sigue siendo la misma, a quien no está con él le dedica una nota de descrédito o alguna burla. Sin embargo, asegurar públicamente que «con la crisis afortunadamente se mantuvieron la mayoría de las empresas, no hubo mortandad de negocios, como también se pronosticaba; o hubo, pero no en la cantidad que se pensaba» parece ser también una burla… y de muy mal gusto.

México atraviesa uno de los momentos económicos más aciagos de su historia reciente debido a la pandemia. Y, por supuesto, no es el único. La COVID-19 ha impactado de manera negativa en las finanzas y negocios del orbe entero, pero eso no justifica que el máximo representante de una nación edulcore la gravedad de la situación al grado de trocar optimismo con la más burda mentira.

En el caso de México, no deja de ser llamativo que mientras AMLO asegura que «vamos bien» dos organismos especializados en economía pronostican todo lo contrario. El Fondo Monetario Internacional augura para el país una recesión del Producto Interno Bruto (PIB) de -9%. El Banco Mundial, por su parte, empeora la cifra al llevarla hasta -10%. Ninguno de los dos pronósticos alcanza siquiera el -7.9% que se espera para América Latina.

Quizás el presidente sigue aferrado a su estadística alternativa: el bienestar social. Recordemos que, incluso antes de que nos impactara la pandemia, ya despotricaba contra las evaluaciones de las agencias financieras y minimizaba las fluctuaciones del PIB para preponderar la importancia de la felicidad del pueblo.

El problema reside en que es justamente el pueblo, dentro de sus sectores más pobres, el que sufre. De mano ahora con la clase media, no los grandes empresarios. No se necesita ser economista para entender el precario entorno financiero que nos rodea. Hoy todos conocemos a alguien que perdió su trabajo. Todos vemos cómo el peso se deprecia contantemente frente al dólar, a pesar de que el dólar tampoco esté viviendo su mejor momento. Entonces pregunto, ¿qué felicidad mide el presidente?

Cuando AMLO dice que «los empresarios de México están ayudando en el desarrollo nacional porque permanentemente, cotidianamente mantienen sus actividades productivas» parece excluir a las micro y pequeñas empresas. Por amplio margen, las más afectadas durante este aciago período que nos ha tocado compartir.

El presidente, advierto, no es culpable de la pandemia, tampoco de las recesiones que sufre el mercado mundial, en cambio, sí está a cargo del manejo que se haga de esta pandemia así como de las estrategias que se implementen internamente para afrontar el desgaste financiero global.

Pero sobre todo y por encima de cualquier otro elemento, el presidente es el máximo responsable de mantener informada a la nación. Tratar de hipnotizarlo —idiotizarlo es un mejor término— compartiendo sus propias egolatrías resulta nefasto y no ayuda a nadie. Ni al pueblo, ni a él mismo. Enemistarse con la prensa ya representa de por sí un grave problema, a sabiendas de que los medios de comunicación comparten esta responsabilidad informativa y, no lo olvidemos, los periodistas también somos parte del pueblo y del estrato más afectado por la crisis actual. Por lo tanto, si la táctica consiste en mirar hacia otro lado y hacer como que nada ocurre o echar mano de una alternativa que, según las palabras del propio presidente, «va a medir crecimiento, sí, pero también bienestar, también grados de desigualdad social (…) y otro ingrediente en este nuevo paradigma (será) la felicidad del pueblo», vuelvo entonces a preguntar: ¿de qué felicidad habla, presidente? Porque no la vemos más allá del Palacio de Gobierno y sus mañaneras.

La Habana, 1975. Escritor, editor y periodista. Es autor de los libros El nieto del lobo, (Pen)últimas palabras, A escondidas de la memoria e Historias de la corte sana. Textos suyos han aparecido en diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales. Actualmente es columnista de Espacio 4 y de la revista hispanoamericana de cultura Otrolunes.