Radicales y talibanes

Es fácil levantar la voz de la indignación por la inminente radicalización de zonas en Afganistán que hasta hace poco habían resistido el embate del Talibán. ¿Cómo no estar de acuerdo para protestar y exigir acción internacional en favor de buena parte de la población de aquel país, particularmente las mujeres y los niños? También resulta sencillo, como dice la sabiduría popular, ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. La radicalización, el fanatismo, el extremismo, suelen también estar más cerca de lo que pensamos.

¿Alguien se apunta para condenar la convocatoria de la Sociedad Teológica Cristiana? Resulta que en su «Simposio teológico anual 2021: El rol de la mujer», anuncian que habrá seis ponentes, todos varones. Según entiendo, los talibanes que recién tomaron Kabul están considerando incluir algunas mujeres en su Gobierno, al menos eso han declarado. ¿Sólo el Talibán segrega?

Hace apenas algunas décadas, la segregación racial en Estados Unidos normalizaba la vida de millones de habitantes. Ahí están dos postales: 1948, George McLaurin, primer afroamericano en la Universidad de Oklahoma, sentado en un salón de clases después de ganar un litigio en una corte federal para ser admitido en un salón de estudiantes blancos, nada más que su pupitre está apartado del resto de los compañeros. Alabama, 1955, Rosa Parks, afroamericana, se niega a ceder uno de los asientos de autobús destinados para blancos, fue arrestada por la policía. Hoy tiene una estatua en el Capitolio norteamericano donde luce sentada. En México tenemos proclividad a ser clasistas y, aunque mucho de la cultura machista se ha superado, no somos monedita de oro en eso del respeto y el trato igualitario a la mujer.

¿Cuáles son las causas de aparición de radicales en una sociedad y cómo combatirlos? La radicalización es un proceso en el que se desarrollan creencias, emociones y conductas extremas, profundamente contrarias a los valores imperantes de la sociedad, al declarar supremacía racial, política, ideológica, social, económica y hasta religiosa. En el accionar del radical hay un claro desprecio por la dignidad, los derechos y la vida de los otros, mezclado en el crisol del odio. Es interesante vernos en ese espejo cuando denostamos a «chairos» y «fifís», por ejemplo.

Hay tesis que argumentan (y me parecen correctas) que la lucha contra el extremismo y la radicalización está perdida si la estrategia de combate no se enfoca en cambiar las condiciones de vida de la población (de donde surgen los fanáticos). Conviene revisar lo estipulado por el Consejo Europeo sobre las características que requiere un ciudadano para participar en la cultura democrática. Primero, valores: a la dignidad y derechos humanos, a la diversidad cultural, justicia, igualdad y Estado de derecho. Dos, actitudes: apertura a los otros, respeto, civilidad, moralidad, autogestión y tolerancia ante la ambigüedad. Tercero, habilidades: autoaprendizaje, pensamiento analítico y crítico, capacidad de escucha y observación, empatía, flexibilidad y adaptabilidad, habilidades de comunicación en varias lenguas, cooperación y resolución de conflictos. Cuarto, conocimiento y pensamiento crítico: en política, leyes, derechos humanos, religiones, historia, economía, medio ambiente y cultura. Yo añadiría: perspectiva de género. Si lo vemos bien, tenemos aquí todo un plan de estudios para tener ciudadanos resistentes a la radicalización.

No está por demás echarle una mirada al concepto de Spiral Dynamics, modelo de transformación cultural. Así como en un organismo hay genes, en todo grupo social hay unidades de conciencia llamados v Memes. Vemos el mundo de diferente manera al tener diferentes niveles de conciencia. Es como estar sintonizados en frecuencias distintas. El que haya ciudadanos que respetan la ley y otros que no implica que tienen diferente nivel de conciencia sobre el mundo y su contexto. Un proceso usando esta metodología sirvió para combatir el apartheid en Sudáfrica.

Como tumores malignos, los radicales crecen al amparo de las injusticias no atendidas. Las intervenciones militares no han demostrado ser la solución.

Ser sensibles a ello no sólo es tarea del gobierno, es deber de toda persona que aspire a tener un mundo sin odio y violencia.

Fuente: Reforma

Columnista.