Renunciar a la vida

No vale nada la vida,
la vida no vale nada…

José Alfredo Jiménez

La virtud, de la pandemia que hoy azota con fiereza a nuestro país y al mundo entero, si es que la tuviere, es revelarnos la fuerza destructora de esa cuchilla filosa, además de misteriosa, que llamamos muerte.

En teoría, para todas las personas, la muerte es un elemento sumamente familiar; está en casa, en la calle. Es una sensible compañera en la existencia cotidiana de los seres humanos. Entre todos nosotros, ella no es un personaje enmascarado ni una entidad al acecho; tampoco es una sorpresa que se nos presente a traición, sino la trama sutil que se va tejiendo en torno a todos para cerrar el ciclo vital de una persona.

Cuando se percibe la vida como frágil, como contingente, como algo que está a merced de algo tan inasible como la muerte, se constata el sentido increíblemente absurdo de la existencia. Hasta tal punto es esta sensación que se recibe a la muerte como un alivio, como un consuelo a una larga estadía de pesadumbres.

La muerte es de todos y es indefinible, cierto. Pero hay algo que se puede hacer al abordarla desde su contraparte: la vida. Porque, evidentemente, el problema de la muerte plantea una interrogante sobre la vida. Es, de hecho, la cuestión máxima sobre la vida. La muerte emerge desde la vida, germina en ella y termina por devorarla.

Cuando la filosofía reflexiona sobre la muerte se dice que ésta rompe el arco de la totalidad, entendiendo con esta metáfora que una vida sin muerte equivale a disponer de un puente siempre abierto a la eternidad; una vida sin muerte es como escuchar una melodía sin fin, un tren sin una estación de llegada o un rodar permanente en el vacío más impúdico posible.

Y a veces, ante esa certeza, surgen preguntas de carácter casi ontológicas, como por ejemplo, ¿qué importancia tiene la lucha, el esfuerzo, la ilusión de vencerla si al final, inexorablemente, la muerte emerge con la victoria definitiva?

No es una pregunta menor porque vida y muerte se entrelazan en una constante paradoja; no se da la una sin la otra. La paradoja se expresa en la sanción de Epicuro, el filósofo griego que, hace muchos años, descubrió la contradicción: «El mal más terrible —refiriéndose a la muerte— no nos atañe».

Esta visión resulta interesante porque si cambiamos de óptica y hacemos la afirmación desde el lado opuesto: La vida no nos atañe. Cuando lo hacemos de esta manera entonces se nos presenta con toda claridad el escenario mexicano frente a la pandemia de COVID-19.

El presidente de México, a través de sus acciones en torno a esta emergencia sanitaria, parece tener una visión deshumanizada de la vida. Frente a esta contingencia, la vida de los mexicanos, pletórica de jóvenes, se ve segada por intereses egoístas y ambiciones inhumanas del presidente, de los legisladores de Morena y de toda la clase servil que sostiene a todo el sistema político y económico de mi patria.

Lo anterior revela todo el drama de la irracionalidad humana. En efecto, tal parece que para el Estado mexicano la vida no es algo que deba estar en sus políticas públicas. Por eso, como parte de esas políticas públicas, se prefiere pagar la ofensiva cantidad de 11 mil pesos por la muerte de cada persona que cae vencida ante el COVID-19. Y eso representa una renuncia a luchar por la vida. En su estructuración conceptual es la postura más cómoda, es una respuesta fácil y hasta ofensiva que no valora a las personas en el acto más maravilloso de su expresión: vivir.

¿No hubiera sido más sensato destinar la suma de todos esos pagos a crear una verdadera infraestructura de salud capaz de atender a los miles de personas que hoy saturan los hospitales contagiados de COVID-19? Es decir, dotar al sistema de salud de insumos, médicos, medicinas y todos los elementos necesarios para enfrentar la magnitud de la crisis de salud que se padece, apostar por una investigación científica que aporte soluciones.

Aunque sepamos que vamos a morir, es mejor abrazar la vida para poder darle un sentido a la muerte. Me parece que esta visión de otorgar supuestos apoyos económicos —por lo demás tan magros— es sólo un discurso retórico y vacuo de un gobierno que no alcanza a ver más allá de sus propios intereses.

El problema plantea toda una reflexión metafísica que ni el presidente de la república, ni los siervos que lo rodean, se sentarán a hacerla. Pero eso no quita que su actitud represente el hundimiento definitivo de la vida al quitarle su sentido a la hora de la muerte.

Ningún ser humano puede negar su aspiración, que además es fundamental, a seguir existiendo. El anhelo más profundo de la existencia humana es la sobrevivencia para llevar a cabo la realización plena de su proyecto de vida que compromete, por cierto, su porvenir.

La opción no es ponerle precio a la vida de los mexicanos. El gran camino por recorrer era la búsqueda de los fundamentos de la esperanza para seguir viviendo antes de precipitarse en una respuesta tan intrascendente como desvalorizadora de la vida.

En esa espera el mexicano que experimenta la pandemia puede encontrar una explicación del mundo que lo rodea, una explicación de sí mismo y también de los otros que comparten su entorno. Encontrando esa explicación, no tendrá que recurrir a un «presidente-dios» que cree tener todas las respuestas.

En esa esperanza el mexicano que experimenta la pandemia podrá fundamentar positivamente el núcleo de todas sus explicaciones. Cuando lo logre podrá afianzarse en la absoluta esperanza, como fundamento último del esperar radical del hombre donde se encuentre con la vida para que, en efecto, tenga sentido su muerte.

Me parece que los poco más de 11 mil pesos que el gobierno mexicano paga por la vida de sus ciudadanos, constituye uno más de los fracasos que la administración gubernamental ya arrastra desde hace un buen tiempo: migración, crecimiento económico, feminicidios, desempleo, violencia.

El futuro habrá de valorar las soluciones históricas que hoy se dan a los problemas del país. Por lo pronto habrá que reconocer la voz profética del compositor del pueblo José Alfredo Jiménez cuando estableció en una canción el imperativo de que la vida (en Mécxico) no vale nada.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.