Riquelme y la perversidad política

Algunas inquietudes riquelmistas se han acentuado, pues dígase lo que se diga, los aires del pasado no se han difuminado del todo de las estructuras políticas y administrativas dentro de la esfera estatal, de manera que su actuación adquiere dificultades para caminar holgadamente, por lo que todo parece indicar que de aquí al futuro serán del mismo talante hasta la conclusión de la presente administración estatal.

Los enjuagues políticos son tan perversos que los más glotones imponen su predominio carnívoro pues, según Maquiavelo, «el político debe ser un zorro astuto y un león que muestra su fuerza, disimula sus acciones, es hipócrita, mentiroso, niega e incumple con su palabra», hasta aquí el florentino.

Creo que tenemos ejemplos muy claros que hoy en día vivimos, pues existen intromisiones que permean en nuestra atmósfera, ya que, siguiendo con Maquiavelo, «el arte de la política significa conservar el poder».

El señor Riquelme, gobernador de nuestro Estado y viendo hacia el futuro, ha construido un cerco designando como titulares de los dos poderes restantes, a funcionarios cuya confianza le proporciona la seguridad de que al final de su periodo la entrega se lleve en forma tersa al siguiente gobernador, y si no, mire usted, en el caso del Poder Judicial impuso a Miguel Mery Ayup, elemento que lo lleva por caminos que lo han dignificado, transformándolo en un ente de cristal al imponer reformas que le han dado pulcritud y, sobre todo, transparencia, además de una atención adecuada a los asuntos que son de su competencia.

Otro adlátere es el que se refiere a la cabeza del otro poder, el Legislativo, cuyo dirigente, no hay duda, goza de la confianza del Ejecutivo del Estado, pero cuyo liderazgo puede ahuyentar la seguridad que los ciudadanos pudieran descubrir en él, ya que su actuación refleja por demás ser un aprendiz, pues su ascenso en esas lides se basan en la amistad antes que en la posesión de un discernimiento técnico que justifique su puesto en la dirección de ese poder, aunque no se le dificulte conducirlo con el apoyo que la mayoría parlamentaria de su partido y el afecto del gobernador estén de su lado, a fin de que todo se deslice como miel sobre hojuelas.

En la repartición de las comisiones del Congreso se procedió en forma por demás astuta, pues en la presidencia de la Comisión de Juicio Político se autoproclamó, sintomáticamente, Eduardo Olmos, para que en caso necesario acepte la línea perceptible desde palacio.

En algunas otras ocasiones pasadas he comentado en el sentido de que dentro de toda la estructura política y administrativa del Gobierno del Estado existe un desequilibrio de fuerzas políticas atribuibles al gobernador, ya que con la ausencia de una sensibilidad equitativa, eligió a los titulares de los otros poderes provenientes de una sola región, discriminando a las otras, y que en contrapartida, es de comprenderse, ofrecen tácitamente su incondicionalidad.

Al tratar de ponderar los equilibrios políticos, éstos no deben incomodar la participación, en éste caso, de las regiones que conforman al Estado, pues el conjunto de las partes territoriales aspiran al crecimiento, no solo económico, sino a la calidad de vida que sus habitantes deben disfrutar en condiciones favorecidas por un trabajo que abarque a todos los municipios, no solo aquellos en donde se tienen las complacencias.

Al acceder a un terreno que construyan otras manos de una manera planeada para la conducción de una responsabilidad mayor, y bajo discretas sugerencias que en forma subyacente dictan voces en off, obliga a realizar un trabajo bajo presión que solo beneficia a otros, pues recordemos que las imposiciones exigen seguir la línea que le marquen, incluso evaporar las cosas sucias.

Se lo digo en serio.

Autor invitado.