Sospechoso

Hoy por hoy pareciera que «tener una cultura general» es una extravagancia y una rareza. Para muchos, «saber algo de muchas cosas» es una inutilidad. A pesar de eso hay quienes tienen una cultura general muy bien fundada. ¿Qué han hecho, quienes están en esa condición, para poseer una cultura general? La respuesta es simple: leer, solo eso. Leer de  todo lo que por consenso o avalado por especialistas se considera excelente o decoroso.

La observación hace pertinentes algunas preguntas. ¿Sabemos lo que significa capacidad lectora? ¿Sabemos qué aborda la filosofía? ¿Sabrá alguien que existe una correlación muy fuerte entre sociología y biología; entre antropología y economía? ¿Sabremos lo que es pasar de un saber a otro? ¿Podemos transitar de una disciplina a otra?

Hablar de pertenencia a un espacio y solo cumplir con las exigencias mínimas para conservar el estatus es  irresponsable. En un espacio social donde  el cine —terror, ciencia ficción, thrillers, comedias— se divorcia de los problemas nacionales; donde las cadenas de televisión gozan de una penosa frivolidad; donde un porcentaje significativo usa las redes sociales como entretenimiento y no como vía para el conocimiento; en condiciones así, es evidente que aquel que puede hacer el tránsito entre la diversidad de saberes, es más capaz de comprender el mundo de hoy, tan complejo, escenario donde el hombre debe cumplir su desarrollo.

Res publica res populi, decía Cicerón. Sí, en efecto, el más clásico significado de república es este dado por Cicerón, entendiéndola como aquello que pertenece a todos.

No obstante, una distinción, también prefigurada por Cicerón. La definición se refiere, más bien, a una sociedad organizada que se fundamenta en el cumplimiento de la justicia y la comunidad de intereses en iguales condiciones.

Pues bien, los que saben de política en el sentido más riguroso del término, afirman que la república es la forma de Estado más perfecta basada en la virtud de los ciudadanos hacia el acto solidario más puro con la patria.

La construcción más importante de una sociedad es una república por voluntad civil de hombres y mujeres que aspiran a vivir con dignidad y que, sabiendo que no cabe vida digna en una comunidad que se distinga por corrupta, hacen todo lo posible por servir a los deseos libertarios comunes.

Una sociedad de virtudes civiles es aquella donde sus integrantes desarrollan hasta el límite su profesión, bajo la conciencia más clara y comprometida que frene la tentación de obtener ventajas ilegítimas ni sacar provecho de la necesidad o debilidad de los otros; donde sus miembros viven la vida familiar fincada en el respeto recíproco, de tal modo que su hogar es la réplica exacta de una pequeña república, donde se asumen los deberes cívicos sin que medie el más mínimo asomo de docilidad.

En una sociedad de virtudes civiles, cada ciudadano es capaz de movilizarse, por ejemplo, para impedir que se apruebe una ley que no beneficia a todos, o para presionar a un gobierno a que afronte los problemas fundamentales ateniéndose al interés común y no a los de índole privado que tanto pervierten a la democracia.

En una sociedad de virtudes civiles, sus miembros son muy activos en organizaciones, asociaciones y grupos de trabajo, atentos a las vicisitudes del quehacer político, para aprender, conocer, discutir y reflexionar sobre la memoria histórica de la república que han forjado.

El mundo académico —el crítico— sostiene que una sociedad de virtudes civiles se mueve gracias al compromiso, mismo que le viene de un sentido moral de rectitud inquebrantable y rechazo contundente de la discriminación, corrupción y autocomplacencia que llama a la indolencia.

En una sociedad de virtudes civiles, prevalece un sentido de decencia y decoro a toda prueba en los que le dan vida porque son seres movidos por intereses legítimos dispersos en cada evento cotidiano: calles seguras, parques de acogedora calidez, plazas públicas en perfecto estado de conservación, monumentos respetados, escuelas convertidas en espacios del saber, verdaderos hospitales donde el paciente no pierda su cualidad de gente y policías con un sentido de la rectitud incontrovertible.

Bueno, todo esto no es una virtud civil de realidad imposible de concretar en la vida ordinaria. De hecho, cualquier ciudadano es capaz de citar el nombre de muchas personas que se corresponden con esta descripción porque están dotados de un formidable sentido de la responsabilidad civil traducido en bienes para la comunidad.

Y destacar estas virtudes civiles resulta de verdadera valía para salirle al paso a la indiferencia y apatía política que hoy dominan en todas partes, a fin de que podamos encontrar la formulación de una idea de república, entendida en su justa dimensión como comunidad libre, de ciudadanos que viven bajo el amparo de un gobierno que se fortalece con las leyes que cumple y hace cumplir.

Pero para que eso se cumpla en cada uno de sus términos, se requiere que haya ciudadanos militantes en las virtudes civiles, porque sólo ese sujeto es capaz de analizar críticamente conceptos y problemas, obtener lecciones de ello e incitar a los conciudadanos a la acción, irritar, conmover y exhortar a la resistencia.

Eso es importante porque una sociedad de virtudes civiles jamás habría permitido que, en el único planeta que tenemos para vivir, se lleven a cabo prácticas depredadoras con tal voracidad, irresponsabilidad y odio por la vida; tampoco hubiera permitido la creación de un escenario donde uno de sus inquilinos más extraordinarios sea explotado, humillado, vejado impidiendo su pleno desarrollo. Me refiero al ser humano, claro.

El bien común —propósito fundamental de un Estado en pleno ejercicio de sus responsabilidades— consiste en propiciar el bien de aquellos que quieren vivir en común, sin dominar a nadie, pero también sin permitir ser dominados.

El mundo sigue lejos de esa realidad. Nuestra sociedad civil es aún pequeña, frágil y de extrema vulnerabilidad. A pesar de eso, mantengo mi confianza en que, un día, madure al punto de ser en verdad una sociedad de virtudes civiles en pleno ejerció de sus derechos y responsabilidades para permitirle al mexicano de hoy alcanzar su pleno desarrollo en un presente que lo prepare para arribar al futuro.

Después de todo ese rodeo, sólo quiero decir que me considero un ciudadano de cultura general; mi saber es interdisciplinario y me gustaría vivir en una sociedad de virtudes civiles. Esa es mi aspiración porque una sociedad de virtudes civiles tendría que sospechar de ese bajón en las cifras de la pandemia en México, tan favorables y oportunas para las fechas electorales que están por llegar.

Como decía mi tía Beba, la sabia, se me hace muy picudo pa’ paloma.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.