Secuelas por COVID

Después de unos ocho meses de vivir mundialmente a diario con este fenómeno biológico-médico, social y mediático de la COVID, fluye información sobre las complicaciones y posibles secuelas en los pacientes que se recuperan. Comentaré respecto a la mínima experiencia que he vivido con algunos casos de los que tengo información directa o indirecta.

Se sabe que aproximadamente un 40% de los casos de COVID-19 desarrollan síntomas leves, otro 40% síntomas moderados, un 15% complicaciones clínicas graves con neumonía, y 5% desarrolla complicaciones graves con insuficiencia respiratoria, septicemia —infección de la sangre— y choque séptico; tromboembolias y alteraciones de coagulación; falla de órganos vitales: corazón, hígado, riñones y cerebro.

Puesto que la enfermedad predomina en adultos mayores, con padecimientos crónicos por problemas degenerativos como diabetes, arterioesclerosis senil, enfisema pulmonar, es incuestionable que por si mismo, el virus no es el único responsable de la mortalidad y las secuelas posibles.

También se han documentado complicaciones atribuidas a los procedimientos invasivos (ventiladores) y no invasivos (medicamentos) realizados o prescritos durante el tratamiento de estos casos.

Las principales complicaciones, además de las relacionadas con el aparato respiratorio, son las neurológicas: incluyendo delirios y encefalopatía, accidente vascular cerebral, meningoencefalitis, crisis de ansiedad y depresión y trastornos del sueño.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS), abunda recientemente sobre este tema (12 agosto 2020) https://www.paho.org/es/documentos/alerta-epidemiologica-complicaciones-secuelas-por-covid-19-12-agosto-2020.

Si el punto directo de ataque es el sistema respiratorio y la mayoría son adultos con capacidad funcional respiratoria disminuida por fibrosis pulmonar senil, fácil es comprender lo susceptible de este órgano al ataque viral que merma la función pulmonar por edema alveolar, con lesión de membranas de los alveolos, cuya cicatrización se traduce en fibrosis y empeoramiento del intercambio de oxígeno (inspiración) y CO2 (espiración). Se debe agregar que en pacientes intubados aumenta el riesgo de lesiones alveolares por la dificultad de ajustar la presión ventilatoria artificial, a los parámetros de presión de gases que realmente necesita el cuerpo. Resultado: ruptura de alveolos, fibrosis, empeoramiento y muerte provocada por los ventiladores y en los que sobreviven, aumenta la fibrosis pulmonar propia de la cicatrización. Lo anterior, explica parcialmente la disnea (falta de aire) y la fatiga que experimentan los sobrevivientes.

Desde antaño se sabe que hay virus que provocan insuficiencia cardiaca por lesión del músculo cardiaco (miositis), con secuelas de insuficiencia cardiaca de bombeo por debilidad del músculo del corazón, semejante a las secuelas de la poliomielitis, en estos casos, el corazón se dilata (miocardiopatía dilatada), pierde la fuerza para bombear sangre suficiente. Bien puede el virus lesionar al corazón (miocarditis) en pacientes con arterioesclerosis senil.

Y lo que con frecuencia estoy observando en mi limitada experiencia, son las secuelas neurológicas más psiquiátricas (funcionales) que anatómicas.

Puesto que cualquier infección, viral o bacteriana leve o grave, provoca una reacción sistémica o general con fiebre, ésta, por sí sola, aumenta el metabolismo, consume gran cantidad de calorías hasta provocar desnutrición, según la duración de la enfermedad y, si hay respuesta inflamatoria a la invasión viral, centrada en vías respiratorias y otros órganos como el cerebro, uno de los órganos más sensibles a cualquier lesión, parece fácil entender las posibles complicaciones y secuelas del sistema nervioso, con o sin hemorragias y con y sin trombosis cerebrales evidentes. De ahí los diversos trastornos psiquiátricos que se observan: cambios de humor, crisis de psicosis, falta de aire con crisis de hiperventilación, disfunción neuromuscular con fatiga crónica, estados de ansiedad, crisis de depresión, irritabilidad, trastornos del sueño, disfunciones sexuales, colitis nerviosa y otros síntomas psiquiátricos más evidentes en pacientes que superaron la etapa grave, hospitalizados en terapia intensiva, intubados, desnutridos, y sobre todo, si antes de enfermarse sufrían ciertos trastornos psiquiátricos.

Además, en todos los casos graves prescriben derivados de cortisona —prednisona, dexametasona, betametasona—, incluso a muchos pacientes con cuadros leves de vías respiratorias, el pánico social y de los médicos y pacientes, provoca que se automediquen con derivados de la cortisona, uno de cuyos efectos secundarios frecuentes, según la dosis, son precisamente los cuadros psiquiátricos mencionados. De esto no hacen mención «los expertos».

He visto pacientes sanos ingerir o inyectarse esos y otros medicamentos, prescritos o automedicados, para «prevenir» COVID, y si no sirven para curarlo, mucho menos para prevenir, lo único que logran es empeorar su ansiedad y miedos y hasta hipocondríacamente empiezan a sentir y vivir todos los síntomas de COVID.

Los derivados de cortisona producen verdaderos cuadros de psicosis, me consta desde hace más de 50 años, cuando empecé, como se dice irónicamente, a «matar sanos».

Lea Yatrogenia

Egresado de la Escuela de Medicina de la Universidad Veracruzana (1964-1968). En 1971, hizo un año de residencia en medicina interna en la clínica del IMSS de Torreón, Coahuila. Residencia en medicina interna en el Centro Médico Nacional del IMSS (1972-1974). Por diez años trabajó como médico internista en la clínica del IMSS en Poza Rica Veracruz (1975-1985). Lleva treinta y siete años de consulta privada en medicina interna (1975 a la fecha). Es colaborador del periódico La Opinión de Poza Rica con la columna Yatrogenia (daños provocados por el médico), de opinión médica y de orientación al público, publicada tres veces por semana desde 1986.