Seguir a la manada

Eres turista en una ciudad. Es la hora de la comida y te aproximas a donde hay varios restaurantes —de los que no tienes referencias—. Te das cuenta de que uno está vacío y en el contiguo hay comensales. Las posibilidades de que decidas entrar al que tiene clientes son mayores que las de entrar al otro. No tienes ningún dato objetivo, no has probado los alimentos de ambos, no has revisado críticas culinarias, simplemente tu intuición te dice que «por algo será» que haya mesas ocupadas en uno y no en otro. Sigues a la manada.

La conducta de manada —término lejos de lo peyorativo y cercano a la sociología— se da cuando un individuo sigue al grupo, sin haber hecho un análisis crítico. Se observa en animales y también en personas: la convocatoria de un merolico en la plaza, una protesta pública, congregaciones religiosas, políticas, la «ola» en el estadio. No afirmo que todo el grupo carezca de juicio, digo que muchos de sus integrantes solo repiten o imitan conductas, espejean a los demás. Así, una película «triunfa» no porque sea buena, sino porque todos la ven.

No debe confundirse la conducta de manada con la inteligencia colectiva —véase la «pregunta ornitorrinco» que aprobó «en modo comité» la SCJN sobre la iniciativa presidencial de vengarse, perdón, de juzgar a expresidentes—. En La sabiduría de las multitudes, James Surowiecki analiza el por qué la mayoría es más inteligente que la minoría y cómo hay una inteligencia grupal que ayuda a forjar no sólo conductas, también negocios y gobiernos. El autor establece cuatro condiciones para que este cerebro colectivo sea efectivo: diversidad de opinión —los individuos deben tener distinta información y formación—, independencia —la gente no debe ser influenciada por quienes están al lado—, descentralización —que haya especialistas y que se aproveche el conocimiento local— y agregación —que exista un mecanismo para convertir juicios individuales en decisiones colectivas—.

El libro fue publicado en 2004, pocos años antes de que existiera la aplicación Waze, plataforma que triunfó no sólo porque tiene las cuatro características de Surowiecki, también porque nos facilita trasladarnos de forma más inteligente, aprovechando el conocimiento y la información de la colectividad.

En el marco de la apertura de Tijuana Innovadora, esa gran iniciativa ciudadana que gracias a don José Galicot le ha dado un rostro de innovación y futuro a ese terruño fronterizo, conversé con Uri Levine, cofundador de Waze. Sus lecciones son invaluables para los emprendedores. «Entiende bien el problema» y luego «enamórate del problema, no de la solución», dice Uri; muchos empresarios pretenden que su invención encaje con sus juicios, más que con la realidad del mercado. «Equivócate rápido», entre más pronto suceda, mejor, así podrás corregir pronto. «Suficientemente bueno» es cuando debes lanzar tu innovación, no esperes lo perfecto. Este hombre, que vendió Waze a Google en más de mil millones de dólares, se considera un disruptivo, dice que «la disrupción no es un tema de tecnología, sino de cómo puedes cambiar el mercado». Le pregunto si es optimista o pesimista sobre el futuro, sin vacilar responde: «Soy emprendedor; soy optimista por naturaleza» y sonríe convencido de que detectar espacios donde la gente tiene frustraciones es encontrar oportunidades de negocio —como lo muestran sus recientes emprendimientos—.

Somos criaturas proclives a la imitación. Aunque no todos y en todo se da la conducta de manada, replicar comportamientos es una fuerza que puede ser degenerativa o formativa. La «toma» creciente de casetas de peaje en las carreteras del país es un mal ejemplo que ha cundido. ¿Es corrupción? ¡Por supuesto! Porque corrompe el orden y el Estado de derecho. Mientras tengamos a un Presidente que no acepte que la corrupción es un fenómeno social y que debe combatirse no sólo de arriba para abajo, sino desde abajo, no podremos crear el ejemplo colectivo de respeto a la ley, sino su contrario.

Mientras se busque la «lealtad ciega» y se pastoree al «pueblo bueno y sabio» con subsidios —no todos son malos—, seguiremos fomentando la conducta de manada, no la inteligencia colectiva.

¿Qué prefiere el pastor?

Fuente: Reforma

Columnista.