Temerosos y sumisos

Umberto Eco, más conocido por su novela El nombre de la rosa, esconde sin embargo un espléndido currículum filosófico de valía incuestionable. Sus aportaciones, en múltiples áreas del saber, han contribuido a la humanidad con iluminaciones en torno a diversos temas del pensamiento.

De todo ese cúmulo de sabiduría, en esta ocasión, me apoyo en una vertiente filosófica también abordada por Eco. Me refiero a la semiótica, una disciplina que se hermana con la hermenéutica, aunque con algunas sutiles diferencias, en cuanto que ambas se ocupan de interpretar.

Para Umberto Eco, la semiótica es una herramienta que permite conocer los procesos de significación en una sociedad. A partir de las representaciones simbólicas es posible entender los factores clave de la cultura que los origina. La semiótica es, por tanto, un acto de cultura que tiene que ver con todo lo que le atañe a esa sociedad.

Eco propone ver los fenómenos de cultura como procesos de comunicación. La propuesta no es una mera ocurrencia sino, por el contrario, constituye todo un hallazgo metodológico porque si se ven como procesos de comunicación, entonces se pueden desentrañar en toda su magnitud descodificando, es decir descomponiéndolo en cada uno de sus signos.

El preámbulo es pertinente porque es, precisamente, desde la semiótica que me propongo abordar un acontecimiento sin sentido, pero interesantísimo desde la perspectiva que nos propone la semiótica.

El acontecimiento al que me refiero es la firma del acuerdo por la democracia firmado por los gobernadores —con excepción de dos— y el presidente de la república, mismo que sólo tiene interés desde el punto de vista de la significación. El acuerdo en sí resulta totalmente irrelevante.

Primero, en efecto, resulta totalmente irrelevante porque, ¿para qué firmar un acuerdo que ya está en la ley? ¿Por qué se necesita esa firma para garantizar las ordenanzas ya contempladas en la ley? Resulta incomprensible. Es un sinsentido. Y bajo esa perspectiva es una pérdida de tiempo ocuparse de él.

En cambio, si se le aborda desde la semiótica, ese acto de comunicación revela más de una cosa por demás interesante. De hecho el acontecimiento, que de entrada era irrelevante, adquirió una relevancia de tintes extraordinarios. Veamos por qué. Analicemos tres signos.

Lo primero que llama la atención de esta escenificación, fue la disposición de los actores cuyo sitio fue demarcando las jerarquías inalterables en un orden de poder, inconcebible en una auténtica democracia. El presidente arriba, en un estrado inviolable que, por ello, dejó claro quién tenía el mando. Es el protagonista principal.

Luego, en perfecto orden de sumisión, los gobernadores en la parte inferior, sentados también en perfecto orden, como una escuelita —dicho esto con toda intención— en la que el discípulo siempre ve a su interlocutor desde abajo y, desde ahí así, ve el mundo que lo rodea. Son personajes secundarios; muy secundarios.

Después el silencio de los gobernadores. Ninguno dijo ni pío —tal vez para evitar la concordancia con el nombre del familiar incómodo del patrón—. Ni una palabra. Ni una expresión de enojo. Ni una finta de resistencia. Ni un amague de divergencia. Ni un asomo de personalidad. Nada. Reducidos todos a la más mínima expresión de poder.

¿A qué y por qué fueron? No hay manera de saberlo. No fueron a nada, eso es cierto, pues no llevaban ninguna representación ciudadana de sus respectivas entidades. A qué fueron; eso es más fácil dilucidar. Fueron a aclamar públicamente la figura de un mesías, un reyezuelo, un dirigente —ciertamente legítimo, pero de una fragilidad intelectual dominado por la ceguera para gobernar— que emergió como la más sólida figura de una política que nos está llevando a todos al abismo.

Se mostraron medrosos ante un llamado que bien hubieran podido pasar por alto sin menoscabo de la figura presidencial. Se vieron mansitos, sumisos, miedosos y, por ello, perdieron la oportunidad de alzar la voz. Me refiero particularmente a llamada Alianza Federalista que se ha cansado de quejarse en torno a los recortes presupuestales para sus Estados desde el gobierno federal; que han puesto el grito en el cielo ante el abandono del centro para la atención de los problemas estatales.

¡Caramba! Tanto ruido para tan pocas nueces. Se hubieran amarrado los pantalones y declinar la orden de sumisión pública para plantearle con claridad y fortaleza sus reclamos. La democracia los autoriza para elevar la voz.

Ante esto se abren mil preguntas: ¿acaso el voto popular no les dio el gobierno legítimo de sus Estados? ¿Es falsa esa llamada alianza? ¿Qué es lo que realmente buscaban al establecerla? De un plumazo Andrés Manuel los borró del mapa. Hoy son el hazmerreír de los otros corderitos que los acompañaron. Gatitos; eso es lo que son. Serviles de alguien a quien fueron a refrendarle su sumisión.

La escenificación plantea una realidad de fondo. Visto desde el exterior, frente a problemas tan cruciales como los temas fronterizos, el aumento crudísimo de la violencia por parte de los grupos criminales, el desafortunado e irresponsable manejo de la crisis sanitaria, el desabasto de medicinas para el quebrado sector salud, el desempleo en constante aumento, la fractura en la educación y el nulo crecimiento económico, por citar sólo algunos de los desafíos que enfrenta el país, el gobierno del presidente mexicano se ha mostrado timorato e indeciso. Un fracaso en términos de respuesta.

Pero hacia el interior, después de haber visto esta obra teatral, Andrés Manuel ha salido fortalecido; su figura se ha engrandecido en la medida en que sus vasallos se han empequeñecido sin haber entendido que dejar en claro las diferencias de pensamiento es uno de los mejores atributos de la democracia.

Diferir con un interlocutor, en términos de la democracia moderna, no significa pelearse ni percibirse como enemigos irreconciliables. De hecho eso es, precisamente, la confirmación de que detrás de la democracia hay un ciudadano que está ejerciendo su libertad para pensar y manifestarlo públicamente. Ese es el valor de la democracia, no otro.

Bueno, así se ve desde la semiótica un evento como el que hemos aludido en este artículo.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.