Tiempos culturalmente menesterosos

La cultura no tiene partido y es un derecho de todos los Mexicanos de acuerdo con la Constitución. Es motor de bienestar, fuente de identidad, otorga sentido de pertenencia y es un factor esencial para la gobernabilidad y para restablecer el tejido social en un País golpeado por la violencia y la improvisación de sus actuales gobernantes.

Ante la pobreza de propuestas de las campañas electorales vistas hasta ahora respecto a la cultura, deberíamos exigir a quienes asuman los puestos de elección popular durante los próximos años, el desempeño de las siguientes propuestas: Incluir a la cultura y las artes como un tema común, articulado en los planes sectoriales de educación, desarrollo social, economía, salud, turismo, medio ambiente, comunicación y seguridad pública.

Quienes resulten próximamente ganadores tendrán la impostergable responsabilidad y la obligación de dar un giro a la política cultural en los municipios y estados donde va a haber elecciones, acertar con la persona (más difícil que hallar una aguja en un pajar), que sea incluyente, que promueva y que respete escrupulosamente las culturas de las comunidades, las culturas populares y reconocer sus derechos a gestionar su patrimonio cultural, para lo cual es necesaria la creación de fondos de inversión e innovación y una legislación que les otorgue personalidad jurídica que les permita su defensa y aprovechamiento. Por ejemplo, bajarle tres rayitas a la «eventitis aguda» donde se derrochan recursos y subirles otras tantas a la detección, capacitación, difusión y estímulo de los creadores locales.

Asumir que la cultura es también un sector remunerador, productivo, y por ello, debe tener acceso a créditos, estímulos económicos y fiscales diseñados de acuerdo con sus propias características, atendiendo prioritariamente a los colectivos juveniles, a la micro, pequeña y mediana empresa y organizaciones culturales civiles. La diversa industria cultural puede generar mayores beneficios sociales y económicos si se le da acceso a nuevas formas de gestión, a redes de intercambio, coproducción y cooperación; es decir, si se propicia la intervención de diversos actores culturales, no solo de los cuates y aduladores en turno y que el gobierno deje de ser el único (o muy principal) promotor en este ramo.

Asunto difícil en tiempos culturalmente menesterosos en nuestro México.

Teatrista.