Todos somos migrantes: Pantoja

«Dios nos dio una señal impresionante al llevárselo justamente en el Día Internacional del Migrante; con eso nuestro Señor nos dijo: “Este hijo mío va a ser ante mi un intercesor por los migrantes del mundo”»: Raúl Vera

Reconocimientos

De los sacerdotes y las monjas que se han volcado a la defensa de migrantes en México, el presbítero Pedro Pantoja Arreola fue quizás el de mayor preparación política e intelectual. En su hoja de vida se indica que estudió Psicología en la Universidad Autónoma de Coahuila. A los veintiséis años se inscribió en el Instituto Teológico Pastoral para América Latina (Itepal), en Quito, Ecuador, en donde fue alumno de los fundadores de la Teología de la Liberación —Gustavo Gutiérrez y Enrique Dussel— y del pedagogo Paulo Freire. Al regresar a México, concluyó una maestría en Sociología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Luego viajó a Nanterre, Francia, a la Facultad de Ciencias Sociales en París, para una especialización en Sociología.

Según él mismo narra en un video, aceptar como propios los fundamentos de la Teología de la Liberación le dio significado a su lucha por los migrantes, con quienes se identificaba porque él mismo sufrió las penurias de tener que cruzar la frontera hacia Estados Unidos, donde trabajó en las pizcas de diferentes cultivos.

Pedro Pantoja alternó durante décadas la vida de párroco y de dirigente social. Por años asesoró a obreros, mineros y trabajadores de la maquila en el noreste de México. En 1974, mientras era vicario de la catedral de Saltillo, estalló la primera rebelión laboral importante del norte del país, en las compañías Cinsa y Cifunsa, donde apoyó al comité de huelga y participó en casi todas las decisiones estratégicas del movimiento que, sin embargo, terminó en la traición de los líderes sindicales.

Dos décadas después, fue al obispo Francisco Villalobos a quien Pantoja le externó, en 1996, su interés por crear una pastoral de los migrantes, y se le concedió abrir el primer albergue de Coahuila, en Ciudad Acuña, donde permaneció hasta 2002, cuando el nuevo obispo, Raúl Vera, lo requirió en Saltillo al ver que se recrudecía localmente la problemática de los migrantes centroamericanos, por lo que era urgente que alguien experimentado reforzara a Belén, Posada del Migrante, estancia que dos religiosas habían abierto.

Desde esa trinchera enfrentaría luego la inseguridad del sexenio de Humberto Moreira (2005-2011), exgobernador que, además de la megadeuda, dejaría un lastre más trágico: la penetración del crimen organizado a la vida política y social de la entidad, años en que la Diócesis de Saltillo documentó en poco tiempo 200 casos de desapariciones forzadas, incluidas las de personas que no eran migrantes, sino mexicanos.

Pantoja decía considerar al crimen organizado como «una empresa perfecta que cubre todos los estamentos de la sociedad: política, empresas, el campo, comercios, bancos y autoridades gubernamentales», y para evadirlo en su trayecto hacia Estados Unidos, los migrantes recurren a la caridad de los albergues ubicados principalmente en los pueblos donde hay estación de trenes.

En ellos, los religiosos que los atienden ven reflejada la historia de Jesús. Al entrar a Belén, Posada del Migrante, lo primero que se ve es una pintura que muestra a seis indocumentados con las manos atadas, detenidos por la Border Patrol. Uno de ellos lleva la túnica blanca y el cabello largo como el Nazareno. Ahí se les admitía hasta por tres días, como en la mayoría de los albergues, hasta que —de la mano de la Organización de las Naciones Unidas—, cambió su perfil para convertirse también en refugio de los solicitantes de asilo, de modo que ya no sería solo una casa de resguardo y reparación temporal.

En entrevista para Espacio 4 en febrero de este año con motivo de la pastoral social del obispo Raúl Vera, el padre Pantoja comentó: «como he declarado anteriormente, nuestra esperanza es que esa gente salga de la victimización. Si llegaron como víctimas individuales, que salgan como defensores de la sobrevivencia colectiva. Bajo ese ideal, la aspiración es que los migrantes reconstruyan Centroamérica como políticos, alcaldes, diputados, ministros. Eso es lo que el albergue conceptualiza como un modelo alternativo de sociedad».

Dijo que, siempre apegados a los preceptos de los derechos humanos, «en la casa Belén priva la flexibilidad para que los migrantes decidan si cruzarán la frontera, regresarán a su país o quieren quedarse en México. Todo operado en armonía con la pastoral social de don Raúl, que es mi superior y a quien le interesa despertar en ellos una conciencia que los transforme de víctimas a protagonistas de su propia liberación, porque, al final, en este mundo todos estamos de paso, todos somos migrantes que algún día habremos de volver a casa… a la casa del Padre».

Diez meses después, víctima de un paro cardiaco tras una semana de haber sido internado por COVID-19 en un hospital de Saltillo, el padre Pedro Pantoja Arreola falleció a los 76 años de edad, el 18 de diciembre, Día Internacional del Migrante. Tanto organismos mexicanos como internacionales defensores de derechos humanos lamentaron su deceso.

Durante una misa homenaje realizada el día 20 se le reconoció como apóstol de los migrantes. Se recordó que él consideraba ángeles a las personas que llegaban a los albergues, porque solía decir que «son mensajeros de esperanza que nos evangelizan; nos demuestran que están más dispuestos a enfrentar el martirio de la migración que a sumarse a las filas de la criminalidad».

En su homilía, el obispo Raúl Vera señaló: «Dios nos dio una señal impresionante al llevarse al padre Pedro justamente en el Día Internacional del Migrante. Con eso nuestro Señor nos dice: “Este hijo mío va a ser ante mí un intercesor por los migrantes del mundo”».

Durante los años de trabajo en Belén, Casa del Migrante, Pantoja contribuyó a brindar apoyo a más de 100 mil personas, apuntó Vera, luego enfatizó: «No cabe duda de que el padre Pedro fue un apóstol que nos enseñó que sí vale la pena gastar la vida por cambiar el mundo». E4


Reconocimientos

  • Fue el segundo mexicano en recibir el Premio Internacional de Derechos Humanos Lettelier-Molfit (2011). El primero fue el obispo Samuel Ruiz.
  • Reconocimiento Alfonso García Robles en la UNAM, por su destacada defensa de los derechos humanos y civiles de personas migrantes.

Periodista