Torpeza supina

Una de las características del PRI hegemónico era su capacidad de adaptarse a las circunstancias y la defensa —cada vez menos vigorosa— de su raíz popular, arrancada de cuajo en los gobiernos tecnocráticos de Miguel de la Madrid y Carlos Salinas de Gortari, particularmente predador y corrupto el segundo. En sus últimos años, De la Madrid admitió el error de nombrar a un sucesor como Salinas sin conocerlo suficientemente, se escandalizó de las elevadas cotas de venalidad y de la influencia del narcotráfico en el sexenio de su delfín.

El PRI jamás se recuperó de la ruptura causada por la imposición de Salinas en la sucesión de 1988, la cual, 12 años después, puso fin a la «dictadura perfecta» de siete décadas. Sin embargo, en el partido surgido de la primera revolución social del siglo XX permanecieron cuadros valiosos. Uno de ellos fue Luis Donaldo Colosio, quien denunció los excesos del salinato, la arrogancia del poder y la injusticia del modelo neoliberal. Su asesinato abrió grandes interrogantes sobre lo que México pudo ser, de haber alcanzado la presidencia. Para desgracia del país, el PRI reasumió el poder con Peña Nieto, símbolo de una generación de políticos incompetentes, frívolos y rapaces formados en las gubernaturas.

La nueva crisis del PRI, producto de la derrota del 6 de junio, supera a cualquiera de las precedentes. A diferencia de la ocurrida en 1988, el fracaso del comité ejecutivo nacional presidido por una marioneta como Alejandro Moreno, lo toma desprovisto de respaldo popular y sin el mínimo de autoridad. La disidencia liderada por el exgobernador de Oaxaca, Ulises Ruiz, de la misma pandilla de Peña, los Moreira, los Duarte y los Borge, ha sido respondida con torpeza supina. El cacique oaxaqueño, quien tiene de demócrata lo que su paisano Porfirio Díaz, mas no su inteligencia, propone una renuncia pactada de Moreno y de su directiva, impuesta por los gobernadores, de lo cual seguramente hoy la mayoría se arrepiente, pues serán vendidos a la 4T.

Ruiz entiende de negociaciones. «Somos políticos, hay salida. Puedes proponer una comisión de expresidentes del comité ejecutivo nacional, de exgobernadores, de exlegisladores, gente de paso, dirigentes que tienen la estatura en una mesa de negociación para poder llegar a acuerdos». La disyuntiva —dice— es refundación o extinción. Ruiz finge y trata de engañar. El PRI lo refundaron Lázaro Cárdenas y Miguel Alemán en el apogeo de sus presidencias. Hoy solo queda juntar los escombros de un partido otrora hegemónico y aceptar la realidad: Morena es la fuerza dominante y lo será por mucho tiempo, ayudado por el PRI, el PAN y el PRD.

Moreno y sus secuaces se aferran a sus cargos para rematar unas siglas envilecidas y tratar de detener investigaciones en curso. En uno de los desplegados de autodefensa, para protestar por la toma de la sede partidista en Ciudad de México, los 70 diputados electos del PRI refrendan su compromiso «con el México de legalidad y democracia; queremos un país que se conduzca y actúe por las vías institucionales». El mensaje lo encabeza el exgobernador de Coahuila, Rubén Moreira —y varios de sus peones—, quien solapó la megadeuda adquirida subrepticiamente por su hermano Humberto y es acusado de desviar cientos de millones de pesos a empresas fantasma. Ambos enfrentan además denuncias ante la Corte Penal Internacional por crímenes de lesa humanidad. La masacre de Allende, a la cual Netflix dedica la serie Somos, tendrá castigo tarde o temprano.

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