Votar por México

Un voto por el PRI, el PAN y el PRD en coalición («Va por México»), en tándem o solos, es un voto por los responsables de la corrupción, desbocada en el gobierno de Enrique Peña Nieto; de la escalada de violencia en el sexenio de Felipe Calderón; y del régimen de privilegios por los cuales Andrés Manuel López Obrador ocupa hoy Palacio Nacional. Un voto por Morena y sus satélites —algunos lo fueron antes del PRI— es un voto por los responsables de la crisis de inseguridad y falta de crecimiento económico actuales, pero no de la debilidad de las instituciones —ya lo eran de antiguo— ni del sometimiento de los poderes Legislativo y Judicial al presidente de turno; en el caso de los estados, el dominio de los gobernadores es aún mayor.

¿Qué hacer entonces este 6 de junio? ¿No votar? ¿Preferir a los «malos por conocidos» de siempre? Al contrario. Lo peor es abstenerse y rendirse ante los mediocres y los rapaces. Por alguien deberán cruzarse las papeletas, e incluso anularse, mas no por los probadamente venales, pues por ellos sufragarán las estructuras viciadas de los partidos y los intereses creados. Rubén Moreira, acusado por AMLO de recibir viáticos por 30 millones de pesos de Alonso Ancira, presidente de Altos Hornos de México, volverá a ser diputado, pues el PRI le asignó un lugar preferente en las listas plurinominales. Shamir Fernández, candidato del mismo partido por el distirto VI de Torreón, fue uno de los diputados del «moreirato» a los cuales se debe la legalización de la deuda por más de 36 mil millones de pesos contratada irregularmente y a espaldas del Congreso de Coahuila.

Responsable es acudir masivamente a las urnas para decidir la composición de la próxima legislatura federal y a los alcaldes, en el caso de Coahuila, así como también gobernador, ayuntamientos y congresos locales en los estados donde se renueven esos cargos. El voto debe ejercerse libremente, sin inducciones, dádivas, amenazas o influencias de otro tipo. Nuestra democracia aún es balbuciente. Hace apenas dos décadas salimos de la «dictadura perfecta», pero todavía persisten algunas de sus prácticas. El presidencialismo omnímodo vuelve a a asomarse justamente por la inmadurez democrática y la falta de instituciones respetables y fuertes.

Estados Unidos superó la emergencia poselectoral del año pasado, pero todavía no las secuelas de la crisis —el país sigue dividido y el presidente Joe Biden bajo acoso—, justamente por la solidez del Congreso y de la Suprema Corte de Justicia, los cuales, aun con la influencia de Donald Trump y del Partido Republicano, mantuvieron la legalidad y evitaron el colapso de la democracia. Los mexicanos debemos acudir a las casillas con las precauciones impuestas por la pandemia de coronavirus y votar de manera responsable e informada. No hacerlo con las vísceras ni con la ilusión de que basta con quitarle al presidente el control del Congreso para volver a la «normalidad» y remediar los problemas del país, nuevos y seculares, pues al final todos los partidos y gobiernos decepcionan.

En estas elecciones polarizadas, como el país lo estaba incluso antes del ascenso de AMLO al poder —las divisiones e injusticias, aun las más evidentes, eran maquilladas por los mecanismos de control—, algunas corrientes aprueban cada acto y decisión del presidente; y otras, para las cuales con la 4T empezó el apocalipsis, lo descalifican todo. El éxito de los provocadores consiste en hacerles el juego, hablar de ellos siempre. La democracia no vive en el mundo sus mejores días. México saldrá adelante de estas elecciones, como ya ha librado otras, igual o más complejas —en 1994, el candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio, fue asesinado, también en un contexto de crispación creado por otro absolutista: Salinas de Gortari—, pues somos un país amante de la paz. Votemos, pues, por México. Sin miedo.

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