Al término de nuestras luchas diarias contra las manecillas del reloj —la sofocante tiranía del cierre editorial—, Fraga solía entrar pasada la medianoche
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Editor perspicaz y agudo, inteligente como el que más, en medio de las llamas era un bombero con un manantial en las manos. Gracias a esa personalidad apacible, personificaba la roca donde reventaban las olas de la exigente talacha editorial
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Isabel García dejó su huella quedó grabada lo mismo en colegios y populosas escuelas de Saltillo y Parras, que en la Universidad de Phoenix o en secundarias y preparatorias de Reynosa. Como esposa, madre, abuela y bisabuela su historia ha quedado impresa en letras de oro
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En sus últimos años, mi padre y yo dedicamos muchas tardes a hablar del ajedrez en nuestras pláticas en Saltillo, donde nació y creció y a donde volvió tras su jubilación. Debajo de la sombra de las higueras de su casa de Murguía y Múzquiz, hablábamos de manera recurrente de Fischer y su despiadado destino que lo llevó literalmente a la locura
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El profesor Brondo nunca supo si el ajedrez era una ciencia, un deporte, un arte o sólo un pasatiempo. No le importaba definir el juego, sino vivirlo —lo gozaba y lo sufría— con la convicción de que era realmente infinito. «Este enredo», decía, «lo inventó el diablo»…
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